Empezando esta aventura

EMPEZANDO ESTA AVENTURA

Por fin aquí está la sorpresita que os venía anunciando estos días.

Espero que este espacio llegue a ser un lugar de encuentro interactivo; ese libro de visitas; el diario de bitácora en el que también vosotros reflejéis libremente vuestras impresiones y emociones, y así nos enriquezcamos todos.

¡Ojalá que os guste! Irene

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jueves, 5 de junio de 2014

Diario desde una casa encantada

En la casa nueva hay mucha luz y algún duende travieso que me envía mensajes simpáticos cada día.

La primera noche le dijo a una estrella fugaz que pasara justamente por delante de la ventana que hay en el techo de mi dormitorio. Sería para recordarme lo afortunada que soy por poder dormirme cada día mirando el firmamento.

Otro día me indujo a abrir la típica caja de mudanza que se queda en el trastero por los siglos de los siglos.

–¿Te quito estas cajas de tu habitación? –Me dijo María, la amiga que estaba ayudándome en ese momento.
–Vale, pero pesan mucho. Parecen libros.
–¿Los vas a colocar ahora?
–No, aún no.
–Pues si quieres te las llevo a otra habitación, así, sin abrir, para que no estorben.
–¿No te importa si las abrimos? Me gustaría saber lo que hay dentro – le respondí, tras cierto titubeo.
–Para nada. Mira, en esta hay álbumes de fotos.
–¡Déjame coger este negro grande, a ver si hay fotos de Ecuador y te las enseño!

Cojo el álbum, que era de estos que había antes, con funditas de plástico para poner cinco o seis fotos por página. Pesaba un montón.

–Ay, no. Esto son fotografías de mis sobrinos cuando eran pequeños –le comento, mientras me distraigo de la realidad y viajo en el tiempo.

Pasaba páginas y páginas. María, yo creo que aburrida, iba abriendo otras cajas. De repente algo llamó mi atención. En uno de los bolsillitos del álbum, colocado como si fuera una foto más, había un sobre y dentro del sobre…una cantidad de dinero nada despreciable.

–¡María, mira!
–¡Halaaa! ¿No sabías que tenías esto aquí?
–Pues, la verdad, es que no me acordaba…
–Ja, ja, ja. Pues te va a venir muy bien ahora, que tendrás gastos extraordinarios con el cambio de casa.
–Soy un caso.
–Quizás deberíamos revisar bien todas las cajas.


Y es que es verdad, soy un caso. Pedí ayuda a mis amigas de Boadilla para los días del traslado. Organizaron un comando para ir pasando por la casa a diferentes horas, de modo que no estuviera sola. Unas, el lunes, otras, el martes y otras, doblete. Total, que el lunes 26, allí me veis en la casa antigua a las nueve de la mañana, tomando un café con Ana y esperando a los de la mudanza. A las diez, ya iba por el segundo café, esta vez con Patricia y sin noticias de ellos.

–¡Qué raro! Me parecieron muy formales.
–Deberías llamarles.
–Tienes razón.

–Buenos días, soy Irene Aparici y tengo contratada con ustedes una mudanza para hoy y mañana, pero sus compañeros no han llegado todavía.
–Un momento, por favor, que compruebo qué ha pasado.
–Sí, por favor, porque me insistieron que empezarían puntuales a las nueve.
–¿Sra. Aparici? Ha debido de haber un malentendido, porque nosotros tenemos su mudanza programada para mañana y pasado.

Os podéis imaginar la situación. Yo casi llorando y Patricia, tan animosa como siempre: Irene, no pasa nada, ahora mando un mensaje al grupo de wassap y nos reorganizamos rápidamente.

¿Cómo puedo estar tan despistada? Finalmente llegaron el martes a las nueve de la mañana “sharp”.

El cambio de casa no podría haber ido mejor. Todos los miedos y agobios que tenía, me los habéis ido espantando uno a uno. Miedo a no encontrar una casa que se ajustase a mis necesidades y posibilidades; miedo a que me ingresaran en el hospital, como en meses pasados; miedo a que a los niños no les gustase mi decisión; miedo a verme empantanada en la antigua casa, con muebles y trastos que no me valían; miedo a verme en la nueva, invadida por las cajas y el polvo; miedo a haber hecho mal las cuentas; miedo a un accidente durante la mudanza… Muchos me decís que soy valiente, pero ya veis que tengo un montón de miedos. A cambio, tengo la fortuna, inmensísima fortuna, de estar rodeada por personas que me quieren (me queréis) y que me ayudan a enfrentarlos. He dado algunos nombres propios por amenizar el relato, pero la lista es muy larga, lo sabéis.

Durante la mudanza hubo momentos en los que éramos casi veinte personas trabajando, entre amigas–las chicas– y operarios –los chicos. Fue una paliza, pero también hubo risas y ratitos de descanso. La noche del miércoles estaban todos los muebles colocados, la cocina limpia y ordenada, cada caja más o menos en su habitación de destino, la ropa ordenada y mi habitación preparada incluso con velitas. Me fui a la cama muy reconfortada y dormí de maravilla, a pesar del cansancio.

Al día siguiente me fui de médicos. Hasta en eso, esta semana ha sido mejor que otras. No he tenido bajón emocional a causa de la quimio, ni ese agotamiento que me mete en la cama por dos días. ¡Incluso volví a participar en el concurso semanal de relato breve de Netwriters!

El lunes por la noche mi duende me recordó que anda por aquí. En un disco de algodón puse unas gotas de aceite de rosa mosqueta, con la intención de mezclarlo con tónico y limpiarme bien la cara. En lo que trasteaba entre los botes de cosmética, miré el algodón y el aceite había dibujado en él un corazón anaranjado y perfecto. No pude evitar sonreírme.

Hoy se cumple una semana desde que estoy durmiendo en esta casa. Los cuadros y las cortinas están colocados, tan solo faltan pequeños detalles decorativos. Y todo está bastante limpio. Por contar algo malo, tanto polvo ha habido que me cuesta respirar. Asma alérgico, un achaque más a agregar a la lista. He recuperado los humidificadores de cuando los niños eran bebés y parece que ayudan.

De los niños os pensaba escribir a continuación, de cómo han aprendido a ponerle buena cara a los malos tiempos, de lo centrados que están en los estudios, de cuántas cosas me cuentan del colegio, de cómo me cuidan a su manera, pero Javier ha entrado en mi habitación con aire preocupado:

–Mamá, es que te quiero decir algo, pero no sé cómo hacerlo para que no te afecte.
–Pues contándomelo con tranquilidad, mi amor. Te escucho.
–Es que… prefiero que no vengas al cole sin la peluca– a duras penas contengo las lágrimas– A mí me gustas igual con pelo corto, largo o sin él… pero esta tarde he oído a unos niños que se han puesto a cuchichear y eso no me gusta.

Por un momento he estado tentada de recordarle cierto pasaje de Mamá se va a la guerra, pero ya no le puedo pedir más y menos después de tanta sinceridad y valor para decirme algo así.

–No te preocupes, hijo. En realidad yo también creo que me favorece más la peluca. Mi pelo aún está muy cortito.

Me sonríe, me llena de besos y con su “¡Gracias!”, rompe todas mis murallas.

He estado un ratito llorando a solas, hasta que he dejado de sentir lástima para pasar a admirar a Javi, con toda su sensibilidad e inteligencia emocional.  He estado a punto de dejar este email para otro día, pero, si comparto tanto con vosotros, ¿por qué no también estos momentos, aunque sean más dolorosos? Con todo se aprende, con todo se crece.

Apago la luz y miro por la ventana. Marte me está esperando vestido de rojo, allá arriba, como cada noche esta semana, para desearme felices sueños… un día más… gracias.


jueves, 24 de octubre de 2013

Mirando al futuro

Querido Ejército Aliado:

Millones de gracias por vuestros mensajes de apoyo y cariño. Pensaba contestaros uno a uno, porque para cada uno de vosotros tengo sentimientos de gratitud y aprecio especiales, pero lo he reconsiderado, no fuera a ser que alguno pensase que era una carta de despedida o algo así. Os aseguro que nada más lejos de mis intenciones que dejar de luchar y perderme estar más tiempo aquí, entre vosotros... y como que me ibais a dejar :-)

Ya me conocéis, no me quedo mucho tiempo estancada en las situaciones. Ya he movido lo de los nuevos médicos. Os contaré algo la semana que viene, cuando les vea. Y ayer por la tarde pues ya hablé por teléfono con algunos de vosotros y lloré, me desahogué, reí y luego salí a ver el fútbol y a evadirme un rato.

Esta mañana, aunque cansada, ya estaba mejor. He tenido mi reunión semanal con Mario y con Míkel, para preparar el taller de coaching y desarrollo personal que damos este fin de semana. Ya os contaré más adelante sobre este proyecto, que me ilusiona sobremanera.

También tenía en el buzón otra sorpresita que me ha llenado de ilusión: el contrato de edición del nuevo cuento con Cuento de Luz. Título provisional: La danza del tiempo. Con unas ilustraciones que están quedando preciosísimas y muy artísticas, por Enrique Quevedo. Si todo va bien, es posible que salga antes del verano del año que viene.

Y ya que estamos literarios os paso el enlace al relato breve de esta semana para el Tintero virtual de NW y que ya he colgado en el nuevo blog. El tema sobre el que teníamos que escribir era "El premio" y esta vez quise hacer algo en un tono ligero. Espero no meterme en ningún lío por mencionar a algunas "celebrities". Thys, te lo dedico, a ti, a tu equipo y a nuestros momentos "YoDona".

http://andoentreletras.blogspot.com.es/2013/10/luigi-forever.html

Pronto os enviaré la continuación de Sin rumbo fijo. Esto es como las series de televisión, como veo que ha tenido aceptación, sigo publicando nuevos capítulos :-)

Muchos besos

Irene

martes, 22 de octubre de 2013

SIN RUMBO FIJO. CAPÍTULO III

Cuando salgo de la iglesia son las siete de la tarde y aún no tengo idea de dónde me voy a quedar a dormir. Voy a devolver la llave y de nuevo me quedo un rato hablando con Sor Teresa.

— ¿Cómo te ha ido?
— Bien, pero me he asustado mucho al bajar a la cripta, con las estatuas esas.
— Ya, se me ha olvidado advertírtelo y mira que hemos puesto esa reja con estrellas, para que a la gente no le impresione, pero ni con esas.

Me propone que cuando vuelva a Madrid me acerque a algún grupo de catequesis, porque cree que me puede ayudar mucho sentirme acompañada. Sé que lo dice pensando en mi bien y porque cree en ello, pero me pongo un poco a la defensiva con ese intento evangelizador. No sé, supongo que me gusta ir por libre, también en cuestiones de fe.

— ¿Has bebido del pozo?
— Sí. He pedido alegría.

Me sonríe. Hay ternura, compasión y calidez en su mirada.

No me apetece prolongar más ese momento. Estoy más relajada que cuando llegué, pero aún no he encontrado la ansiada serenidad. Compro unas pastas, le pregunto dónde me puedo alojar y nos despedimos, ella prometiéndome que todas las noches a las diez y media rezarían allí por mí y dándome el teléfono del convento, para que la llamase cuando quisiera.

Primer encuentro con alguien especial en ese fin de semana.

Me quita la idea de dormir en uno de los conventos y me sugiere que vaya a la casa rural o al hotel. La casa rural no la encuentro, en cambio el hotel “El Prado de las Merinas”, está bien indicado. ¡Qué gran acierto ir allí!

Es un edificio construido al estilo antiguo pero con toques de modernidad, como el restaurante acristalado de formas curvas. Está situado a las afueras del pueblo, en medio de una finca ajardinada y muy bien cuidada. Al buscar la puerta de entrada, paso por delante de las ventanas de un salón, con sillones y chimenea. ¡Qué acogedor! Ya me imagino yo allí con un libro o escribiendo algo mientras me tomó un té caliente.

En la recepción hay una mujer joven. 

— Hola, ¿tienen una habitación libre para dormir esta noche?
— Sí, ¿para ti sola? 
— Sí
— ¿Y sólo una noche?

Me sorprende otra vez que me tuteen. Debe de ser costumbre de esta zona. No tengo por qué darle ninguna explicación, pero me apetece hacerlo.

— Sí, la verdad es que iba de camino a San Sebastián y he parado aquí un poco de casualidad. Posiblemente mañana tire para el Norte.
— Vale, es para saber qué habitación te doy. Cuesta 51 euros con el desayuno, si quieres te la enseño.
— Sí, por favor.

La habitación es amplia, con una ventana que da al campo. El baño moderno y lleno de detallitos (¡¡genial la goma para el pelo!!)

— Muy bien, pues me quedo. ¿La cama tiene manta? ¿No tendré frío?
— Esta noche bajan bastante las temperaturas, pero tienes manta y si necesitas cualquier cosa, nos la pides. Si quieres te doy una habitación de las del otro lado, que puede que sean algo más cálidas.
— No, no hace falta, voy a estar bien.
De vuelta a la recepción le doy mi DNI y cuando le voy a dar la tarjeta de crédito, me dice que no hace falta. La gente por aquí te tutea y es muy confiada.
— Aprovechando que aún hay luz, ¿hay algún lugar por aquí cerca donde se pueda dar un paseo, que haya árboles, o río?
— Sí, aquí mismo, según sales del hotel hay un camino a la izquierda que va paralelo a un arroyo. Al principio está adoquinado, pero luego se mete entre campos de cultivo y es de tierra. 
— Perfecto, pues me voy ahora y ya luego saco la maleta y ceno aquí.

El camino es fácil, al principio discurre paralelo al arroyo, más tarde cruza un parque y ya justo antes de adentrarse en campo abierto bordea una alameda. Un sol débil va descendiendo ante mí, hace frío, pero la luz en la cara, el sonido de las hojas mecidas suavemente por la brisa y el fluir del arroyo, me hacen estar presente, en este lugar, en este momento. Vivo el aquí y el ahora con plena conciencia y siento que encuentro el estado de serenidad que necesitaba.

… continuará

lunes, 14 de octubre de 2013

SIN RUMBO FIJO. CAPÍTULO II

…. Salgo al vestíbulo e intento abrir el portón con la llave, pero no soy capaz de girarla. Al otro lado de la puerta oigo a la monja que llega y me pregunta si tengo algún problema con la llave.

— Sí, la estoy girando, pero no consigo abrir.
—Prueba a girarla hacia el otro lado.
— Nada… — le digo, mientras intento mover la llave con ambas manos.
—Espera, que entonces te abro yo desde dentro.

Me quedo estupefacta. Si me podía abrir ella desde dentro, ¿para qué me dio la llave?

— Quédatela, porque así luego cierras cuando te vayas. Mira, aquí ves el claustro. Y por esas escaleras a la derecha subes al museo. Esta otra puerta la voy a cerrar, es la que da acceso a la zona de clausura.

Me acompaña hasta el claustro, que es amplio, luminoso, con una segunda planta construida sobre el corredor. Está muy bien cuidado, el césped del centro recién segado, en una esquina un árbol que parece un frutal y en otra dos cipreses. De las ventanas del pasillo superior cuelgan jardineras con geranios. Está ya en sombra a excepción de una de las esquinas, cuyos muros reflejan la luz de un sol oblicuo. Perfectamente alineado con los puntos cardinales en cada esquina.

— Esta era la casa de los Guzmán. Aquí vivió Domingo. Te dejo sola.
— Gracias.
Antes de irse, vuelve hacia mí y me pregunta:
— ¿Cómo te llamas?
— Irene
— Irene, ¿puedo rezar por ti?
—Claro — le respondo con lágrimas en los ojos. 

Me sonríe y se va. La actitud de aquella mujer termina por franquear todas mis barreras. En la esquina soleada me apoyo sobre esos muros con siglos de historia y rompo a llorar desconsoladamente, vomitando mi pena. Intento ponerle una palabra que dé apellido a esta tristeza. Abandono, soledad existencial, la soledad del enfermo, que diría mi amigo Santi, la conciencia de que las personas van y vienen, caminan a ratos a tu lado, pero de que tu camino es solo tuyo. ¿Y por qué vivir esto con tristeza?

Recuerdo las palabras de María, mi maestra de reiki: La mayoría de los conventos y monasterios medievales están construidos sobre vórtices energéticos. Si tus pasos te llevan a uno de ellos es porque necesitas recargarte.

Camino hacia la otra esquina en la que están los cipreses, que de repente se me antojan como dos enormes antenas. Me pongo entre ambos, en posición de canalizar energía y respiro. Siento cómo a cada respiración, el aire que antes se me quedaba atrapado en el pecho va bajando un poco más hasta conseguir una respiración abdominal tranquila. La energía empieza a fluir, empezando por mis manos. Cuando llega a mi pecho izquierdo comienzo a sentir pinchazos, como pequeños calambres. Esto ya lo he experimentado antes con María. Sí, me estoy haciendo reiki.


Después de un rato vuelvo al sol. Esta vez más calmada, disfruto del calorcito en la cara.

Cuando salgo del claustro veo un enorme cartel con frases de Santo Domingo, sobre la humildad, la caridad y otras virtudes. Las leo para ver si alguna me dice algo especial. Me quedo con la última: «Os seré más útil después de mi muerte». Parece macabro, pero para mí conecta con el sentido de trascendencia.

Voy a ver el museo. Es una gran sala diáfana de unos cien metros de largo. El forjado  y las vigas de madera que lo sustentan están a la vista. Está en penumbra. La única luz que hay entra oblicua por una ventana ojival partida por un mainel, al fondo de la sala. Podría encender las luces, pero no quiero romper la magia de esos dos rayos de luz paralelos, que reflejados en diagonal por el suelo van a enfocar una caldera de cobre. No me resisto a sacar una foto.




En el museo, antiguos tapices, bargueños y santorales del siglo XII. Me trasporto a aquella época con facilidad y luego pienso que esta comunidad de monjas, sigue viva después de casi mil años. ¡Cuánta gente ha pasado por aquí, ha vivido y se ha muerto! ¿Y qué? El contacto con la historia antigua me hace relativizar el tiempo, la vida y la muerte.

Deambulo un rato más entre manuscritos y documentos que atestiguan las donaciones que los reyes y los nobles hicieron otrora al convento. Lástima que estén protegidos por un cristal, porque me hubiera gustado reconfortarme con el olor de la lignina oxidada. Carmen, mi querida Carmen, gracias a aquel artículo que trajiste a tu muro sobre el olor de los libros antiguos, puedo poner nombre a ese aroma tan particular.

No me entretengo más, ni siquiera vuelvo a entrar en el claustro. Tengo la sensación de que lo que tenía que hacer ahí ya está hecho.

Vuelvo al vestíbulo, llamo al timbre y enseguida me abre la misma monja.

— Muchas gracias. Le devuelvo la llave.
— Irene, soy Sor Teresa, la maestra de novicias. Si quieres contarme lo que te pasa, te escucho con el corazón abierto. Desprendes muchísima tristeza.
— ¿Tanto se me nota?
— Sí, mucho.

Le cuento un poco mi vida, mis circunstancias y ella me cuenta la suya, cómo llegó a hacerse monja a los veintiséis años, después de un intento de matrimonio fracasado. Me habla del amor de Dios, que se manifiesta en las dificultades.

— ¿Y me dices que tu cáncer está más o menos estable desde hace dos años?
— Sí, a veces avanza y a veces retrocede, pero de momento no sale de ahí.
— Es un mensaje de Dios.

No es la primera vez que me lo dicen.

— Eso creo yo, pero llevo dos años tratando de descifrarlo y no termino de conseguirlo.

Voy a empezar otra vez a llorar, así que la mujer saca otra llave gigante con una cadenita de la que cuelga una llave pequeña y moderna.

— Anda, vete a la iglesia que es la puerta de al lado. Entras con esta llave grande. En un lateral está la sacristía y al fondo, las escaleras que bajan a la cripta. Con esta llave pequeña accedes a ella. Hay un cuadro de luces, préndelas todas. Uno de los interruptores enciende el pozo. Verás un pequeño armarito. Dentro hay vasos. Bebe de esa agua y ten fe.

Salgo del convento y me parece que estoy viviendo una historia de ficción. Esta vez abro la puerta de la iglesia sin dificultad, a pesar de lo grande que es. Me impresiona entrar allí sola. ¡Qué confiada, la monja! Se cierra la puerta y cuando se para el eco, un silencio absorbente envuelve el aire. A media luz consigo ver el altar, un retablo y unos cuantos bancos. Es más sencilla y moderna de lo que me esperaba a juzgar por el aspecto exterior del edificio.

Bien, paso uno conseguido, ahora a buscar el pozo. La única puerta que hay me lleva a la sacristía y allí están, como me había dicho Sor Teresa, las escaleras de bajada. Justo antes de las escaleras, en la pared de la izquierda hay dos cofres de materiales preciosos y una especie de ventanita de cristal. Leo los carteles que hay encima: Don Félix de Guzmán y Don Antonio de Guzmán. ¡Dios mío, si son huesos humanos! ¡Jodeeer!

Cuando me repongo de la impresión, decido que voy a bajar al pozo de todos modos. La escalera gira a la izquierda y el paso está bloqueado por una reja de hierro con un candado. Bien, la llave pequeña… el candado se abre y la reja también. Continúo bajando por la escalera cada vez más oscura. Un golpe metálico me hace dar un respingo. ¡Coño, es la reja que ha chocado contra la pared! Intento relajarme. Me viene a la cabeza la bajada a otra cueva… pero esa es otra historia.

Al final de la escalera se abre una sala, apenas iluminada por un foco led de éstos de emergencia. Cuando voy a entrar… ¡hay alguien a mi izquierda! ¡Hostias, hostias, hostias, la puta monja! Busco a tientas algún interruptor. Se enciende una luz general y puedo ver que lo que hay a mi izquierda, detrás de una reja con estrellas, es una sepultura de mármol, con una escultura del muerto yaciente y custodiada por cuatro estatuas de cuatro monjes con capucha. ¡La madre que me parió! ¿Quién me manda a mí meterme en estas historias?
Busco el cuadro de luces para encender todo, no quiero más sorpresas. La cripta se va iluminando por partes a medida que subo los automáticos. Veo el pozo, que curiosamente es hiper-moderno, pero no sale agua. Pruebo con un automático que está separado a la derecha. Una de dos, o es el del pozo o es el general y me vuelvo a quedar a oscuras.

El sonido del agua me hace soltar un suspiro de alivio. Después de echar un vistazo general a la cripta, me siento en uno de los bancos corridos a recuperarme un poco. No estoy ahora en condiciones de pensar ningún deseo coherente. Sigo como en una película y me empieza a surgir en la cabeza algún relato de intriga. Me dejo llevar. Con el móvil le saco una foto a la llave de la iglesia. Si salgo de esta, verla me ayudará a recordar las sensaciones y a poner en papel el relato.



Después de ese momento creativo, vuelvo a la realidad. Estoy en una cripta, delante de un pozo milagroso y voy a beber y a pedir algún deseo. Me concentro. Obviamente pido salud y bebo un vasito de agua, pero siempre que pido este deseo, me surgen muchas dudas. ¿Pedir salud significa que el cáncer desaparezca? ¿Debería pedir eso más concretamente? En fin, confío en que Dios, Santo Domingo o quien quiera que se vaya a encargar de cumplir mi deseo, sepa interpretarlo correctamente. Entonces recuerdo cómo estaba en el claustro, hacía apenas una hora. Y cojo un segundo vaso. Esta vez pido: quiero vivir mi soledad existencial con alegría.

… continuará

SIN RUMBO FIJO

Viernes, 11 de octubre. Tres de la tarde en Madrid. Quiero estar sola, pero no en mi casa. Estoy triste, llevo varios días triste. Quiero ver el mar y también campos verdes. Nadie me espera, a nadie le debo cuentas. En el maletero del coche siempre llevo una bolsa con algo de ropa y un kit básico de supervivencia: cepillo de dientes, crema hidratante, medicinas y rímel. En el bolso el resto de lo necesario: algo de dinero, tarjetas de crédito, tabaco, un par de libros, un móvil con cámara de fotos, un cuaderno y lapiceros.

Salgo por la carretera de Burgos sin un destino fijo, tal vez San Sebastián, aunque es posible que me entretenga por el camino.

Conducir es para mí una de las mejores formas de meditar. Me voy dejando llevar por la música que sale de manera aleatoria desde el iPod. Poco a poco la mente se va vaciando de problemas cotidianos para llenarse de paisajes que tienen banda sonora original. La intuición ya dirige mis pasos.

A la altura de Aranda de Duero me viene a la mente el Monasterio de Silos. Meto la dirección en el navegador del coche. Confío plenamente en él para estas ocasiones en las que no hay prisa, siempre me lleva por carreteras secundarias, pueblos semi-abandonados y parajes insólitos. Y esta vez tampoco me falla.

Primera paradita en Villabilla de Gumiel, que tiene una ermita románica a la entrada del pueblo con unos bancos orientados a poniente. Son las cinco de la tarde, qué buen momento para un cigarrillo tomando un poco de este sol de otoño.



Continúo por la carreterucha, que atraviesa campos de trigo, pinares y algún viñedo en los que hay paisanos vendimiando. Me dan ganas de parar y ponerme con ellos, para recordar otros tiempos. Nota mental: “cuando vuelvas a casa añade al kit de supervivencia tu navaja, por si te da por vendimiar”.

Tras unas curvas, aparece ante mí Caleruega. Las señales rosas que indican que tiene varios monumentos románicos me invitan a pararme. Siguiendo la calle principal llego a una plaza en la que hay una iglesia, la Torre de Guzmán y dos conventos. Aparco y me meto en el primero de ellos.

— Buenas tardes.
— Buenas tardes  — me contesta el hombre tras la ventanilla.
— ¿Este edificio se puede visitar?
— Sí, pero es más bonito el convento de las monjas, porque este lo restauraron en el siglo XIX y se lo cargaron y el de ellas es del siglo XII.
— Ah… y ¿dónde está?
— Según sales, vas a la derecha y en la siguiente puerta. Te metes y verás una puerta a tu izquierda con un cartel que pone «pastas». Llamas al timbre y ahí te abren las monjas.
— Muchas gracias. 
— Espera, toma estos folletos con información sobre el pueblo.
— Gracias, muy amable.

Salgo del convento de los curas y me dirijo al de las monjas. Tengo una curiosidad tremenda por saber lo que me espera. Si he parado aquí será por algo. He salido de Madrid buscando paz, energía positiva, luz y he ido a parar en un convento en Caleruega. Por algo será.

Entro por la siguiente puerta en la calle y, efectivamente, en un vestíbulo hay un portón de madera enorme de frente y una puerta pequeña a la izquierda, sobre la que cuelga el citado cartel de «pastas». Ambas (¿o ambos?, dudo sobre la concordancia correcta) están cerradas, pero hay un timbre bajo el cual un mensajero de Seur ha dejado un aviso de intento de entrega fallido, por encontrarse ausente el destinatario. Llamo al timbre. Espero tres largos minutos y nadie contesta. Estoy dudando entre irme o llamar de nuevo, cuando un «meeeec» electrónico hace que la puerta de abra. Accedo a una pequeña sala con una ventana en la pared del fondo tras la cual aparece una monja, ni joven ni vieja, un poco regordeta, con gafas y cara de buenísima persona.

— Buenas tardes.
— Buenas tardes. Me han dicho en el convento de al lado que éste sí que merece la pena visitarlo. ¿Se puede ver?
— Sí, claro. Se puede visitar el claustro y el museo.
— Ah, el claustro… eso sería fantástico… he venido a…
— Buscar paz, ¿verdad?
— Sí… eso es exactamente lo que ando buscando.
— Pues te voy a dar la llave que abre la puerta de madera grande que hay ahí afuera. La abres y accedes al claustro y luego a la derecha hay unas escaleras que suben al museo.
Me tiende una llave antigua de hierro, que pesa por lo menos dos kilos. Es enorme. Me sorprende que me tutee. Mirándome fijamente a los ojos me dice:
— Puedes quedarte todo el tiempo que necesites. Luego cuando salgas me devuelves la llave y te doy la de la iglesia. Abajo hay una cripta y un pozo, en el lugar donde nació Santo Domingo. No sé qué te pasa, pero cuando bajes, bebe agua de ese pozo, porque se cumplen todos los deseos.

…. continuará

viernes, 20 de septiembre de 2013

Mi nuevo blog y más cosas

¡Buenos días a todos!

Muchas gracias por vuestros mensajes de ánimo que, de verdad, ¡animan!...y por los miles de favores que siempre me estáis haciendo. Me siento muy cuidada.

Estoy mucho mejor de la espalda, ya apenas me duele y desde el lunes ya voy sin el corsé y he empezado a retomar poco a poco mi vida habitual, sin pasarme, midiéndome con prudencia y moviéndome lo más posible dentro de mis posibilidades.

Del inquilino, que ya ni lo considero invasor, hasta más adelante no tendremos noticias, así que nada, a seguir con los tratamientos y a invitarle amablemente a que se vaya yendo, que su visita me ha enseñado muchas cosas y ha cambiado mi vida, pero creo que ya ha cumplido su misión.

Como ya me he "dado de alta", el miércoles tuve el placer de acompañar a nuestro amigo Thys a una cena en la Embajada de Italia. Thys, Belén, sois un chollo de amigos. Me dais la oportunidad de conocer a gente interesante, de acompañaros a eventos glamourosos y sobre todo, la excusa perfecta para hacerme un "ponte guapa".  Mirad la foto... me esmeré de verdad en ir mona. :-)


Aprovecho este correo también para invitaros a visitar mi nuevo blog:

http://andoentreletras.blogspot.com.es/

Como deduciréis por el nombre, este va de letras, de libros, de relatos, de las cosas que escribo con un carácter más literario, menos íntimo (a veces). Algunas ya las habréis leído pero la idea es ir alimentándolo con los relatos y crónicas que suelo escribir, más o menos semanalmente, para Netwriters. Tiene un formato muy básico, así que...acepto sugerencias encantada y sobre todo, os deseo que lo disfrutéis y que, si os gusta, lo divulguéis, lo comentéis o hagáis lo que os apetezca, que ya sabéis que escribo para divertirme primero, para compartirlo después y quién sabe si para publicarlo algún día.

Otra noticia:

El 19 de octubre volvemos a presentar Mamá se va a la guerra en Madrid, esta vez en La Central de Callao. Aún estamos ideando las actividades que haremos con los niños pero, si os perdisteis la del año pasado en La Casa del Libro, os invito a que vengáis a esta con vuestros hijos, sobrinos y vecinos. Ya os pasaré más detalles próximamente.

¡Que paséis un buen fin de semana!

Irene

miércoles, 19 de junio de 2013














BLACK AFRICA

Era una mañana de domingo de principios de 1994. Prolongamos el desayuno y mientras Alberto devoraba sus periódicos, yo leía el suplemento dominical.

- Irene, ¡mira este anuncio!

Me enseña un diminuto aviso de no más de 3x3 centímetros:

BLACK AFRICA
Expediciones de aventura
Tel. 987 … …

- Podríamos ir a África este año.
- No sé, no es un destino fácil como para ir solos.
- ¿Y si les llamamos a ver de qué van?
- ¿No te parece un poco raro un anuncio tan pequeño y un número de León?
- Sí, pero la peor gestión es la que no se hace. No perdemos nada por llamar.

Llamamos, por supuesto y nos atendió un chico que nos contó que su socio y él querían formar un grupo para hacer una expedición por Kenya, Zaire, Uganda, Ruanda y Tanzania en verano. Que era un safari de un mes de duración en un camión todo terreno “overland” y que si nos interesaba, iban a hacer una presentación, con las fotos de la expedición del año anterior en Madrid en un mes.
¡Los gorilas de montaña! Uno de nuestros sueños. Empezamos a documentarnos para hacer productiva esa larga espera de un mes.

Cuando llegó el día, nos citaron en una cafetería de la zona de Pacífico. Un lugar de lo más corriente, pero que tenía una salita al fondo en la que estaríamos tranquilos y se podía hacer un pase de diapositivas.
Fuimos llegando poco a poco y finalmente nos juntamos un grupo de unos veinte. El chico de León, un chaval bastante tímido e insulso, nos presentó a su socio, quien sería nuestro guía. Era ÉL: un hombre de unos treinta años, valenciano, alto, guapete y con la indumentaria propia de un Indiana Jones en busca de tesoros.

Comenzaron enseñándonos unas fotos espectaculares: la sabana, los bosques húmedos, los gorilas, el camión, las tiendas de campaña…y de repente irrumpe en la sala un grupo de personas muy enfadadas. Insultaban a estos dos:

- ¡Sinvergüenzas, inútiles, estafadores!

Mientras unos casi llegaban a las manos, otros se dirigían a nosotros, los potenciales viajeros, para decirnos que el viaje del año anterior había sido un desastre organizativo.

Cuando consiguieron que se fueran y nos quedamos solos, los guías comenzaron a disculparse por el boicot.

- No vamos a negar que el viaje no saliera exactamente igual que como estaba planeado, pero África es así, imprevisible. No obstante, si después de esto que ha pasado, alguno quiere irse, lo entenderemos.

Murmullos entre nosotros y deliberaciones. Alberto y yo decidimos quedarnos hasta el final, por ver lo que pasaba. Nos quedamos unos diez o doce.

Terminamos de ver las fotos y luego les freímos a preguntas de todo tipo. Al final, viendo nuestra indecisión, jugaron fuerte:

- Hagamos una cosa. El viaje cuesta cien mil pesetas. Quien quiera apuntarse que pague por anticipado solamente la mitad, para cubrir los billetes de avión y los primeros gastos. Y a la vuelta, si estáis conformes con la expedición, nos pagáis las otras cincuenta mil. No queremos que penséis que somos mala gente.

Aquella propuesta mejoraba significativamente las condiciones del viaje. ¿No queríamos aventura? Esta lo iba a ser. Nos apuntamos todos.

La siguiente cita sería a principios de junio en el aeropuerto de Barajas. Un vuelo regular con destino a Nairobi y escalas en Roma y Jeddah.

Y allí en Barajas nos empezamos a conocer todos. Los presento aquí con sus nombres reales, aunque a lo largo del viaje fuimos adoptando motes. Amelia, una enfermera de la Coruña de unos treinta años, gordita y muy simpática. José Antonio, un hombre de unos cincuenta años, que era ornitólogo y sabía mucho de animales, había incluso trabajado con Félix Rodríguez de la Fuente. Ana y Basilio, una parejita de recién casados de Zaragoza. José Luis, un señor de cincuenta y tantos años que se acababa de prejubilar en un banco y había decidido realizar su sueño de conocer África, era la primera vez que salía de España. Alfonso, un hombre joven de Barcelona, algo viajado. Irene, una joven de Madrid, muy graciosa y despistada. Carmen, una chica de aspecto aniñado, muy mona y un poco reservada. Y nosotros dos, que por lo que nos pareció, éramos los que más experiencia viajera teníamos. El guía, Miguel, llegó tarde y el último.

Íbamos todos a la última moda del Coronel Tapiocca y nuestro tema de conversación principal en ese momento fue lo que llevábamos en la mochila: la ropa, los equipos fotográficos, las velas espirales para los mosquitos, el tratamiento anti-malaria, etc.

Irene, la otra Irene, tenía que cambiar dinero. En su despiste había dejado hasta el final aquel asunto, así que la acompañamos a la oficina de cambio.

Cuando estábamos embarcando, otra vez Irene se da cuenta de que le faltaban los billetes de avión y el pasaporte.

- Te lo habrás dejado en la oficina de cambio – le dije.

Alberto fue corriendo con ella y, efectivamente, al cabo de diez eternos minutos llegaron con los documentos de viaje recuperados y embarcamos, ya casi por los pelos.

Ya en el avión, cuando éste despegó, respiramos hondo. Comenzaba una nueva aventura. Era 1 de junio de 1994 y unos meses antes, en abril, se había desencadenado un enfrentamiento entre hutus y tutsis que acaparaba los titulares de todos los medios de comunicación. Nos esperaban los treinta días más retadores que habríamos vivido hasta ese momento.

domingo, 26 de mayo de 2013

Una historia conmovedora sobre El Principito



Recuerdo aquel día de septiembre en el que recibí un email de mi amiga Fuencisla. Nos contaba algo más o menos así:

"Queridos amigos:

Va a ser mi cumpleaños en unos días y me gustaría pediros un regalo especial. Todos conocéis mi afición por coleccionar Principitos en diversas ediciones y lenguas. He descubierto una historia increíble mientras buscaba un Principito en dari. Hace años, El Principito fue traducido a este idioma gracias al esfuerzo personal y económico de un hombre afgano. Los ejemplares que se publicaron aún estaban en su casa de Kabul sin ser distribuidos cuando empezaron los bombardeos de la ciudad por parte de los talibanes. Este traductor se hallaba en aquellos días en Estados Unidos y pudo salvar su vida, pero su casa fue incendiada y con él todos los ejemplares de El Principito en dari. He conseguido ponerme en contacto con él y está dispuesto a traducirlo y editarlo de nuevo. Esta es la razón por la que este año os pido, como regalo de cumpleaños, que hagáis un ingreso del importe que os apetezca en una cuenta corriente que he abierto para recaudar fondos y financiar la edición. Necesitamos 4.000 euros."

Aquel año, los amigos respondimos ilusionados ante el nuevo proyecto de Fuen, sin siquiera poder imaginar la trascendencia de ese primer paso que estaba dando, y nosotros con ella. Se recaudó el dinero, se tradujo el libro, se editó…y se envió una carta a la entonces Ministra de Defensa del Gobierno de España, Dª Carme Chacón. En ella Fuencisla le explicaba su proyecto de viajar a Kabul para repartir en las escuelas afganas los ejemplares, y se pedía la colaboración del ejército español destinado allí, ya que la situación en el país era, y aún lo sigue siendo, muy peligrosa.

La ministra respondió muy favorablemente, poniendo a su disposición a las tropas españolas y facilitándole el contacto con el coronel D. Luis Herruzo. Fuen viajó junto a su marido  a Kabul y con la ayuda de los soldados españoles, repartieron los libros en algunas escuelas. Se entrevistaron con el ministro de educación y de aquel viaje surgió la creación de Fundación Cometa, cuyo objetivo sería fomentar la educación en Afganistán, especialmente de las niñas y mujeres y de la que Fuencisla es presidente, el coronel Herruzo vicepresidente.

Hoy en día, la Fundación está construyendo la segunda escuela española en Afganistán. En ellas se están utilizando muchos más libros traducidos al dari. Entre otros, el maravilloso cuento escrito por Ana A. Eulate, titulado “El cielo de Afganistán”, que es un canto a la paz.

Toda esta actividad de Fuencisla a través de la Fundación Cometa, la llevó a entablar una profunda amistad con el embajador de Afganistán en España, el Excmo. Sr. Masood Khalili. El Sr. Khalili, aparte de político, es esencialmente un escritor y poeta enamorado de su pueblo. Además, es hijo de Khalilulla Khalili, tal vez el poeta más significativo de Agfanistán del siglo XX. Ambos, padre e hijo, tienen unas biografías apasionantes en las que aparecen la guerra, el sufrimiento del pueblo afgano y su amor hacia él, la persecución política, el terrorismo y por encima de todo, la poesía. Hace unos meses, se presentó en Madrid “Una Asamblea de Polillas”, una selección de poemas de Khalili, traducidos por primera vez al español por… Fuencisla Gozalo.

Ella y yo compartimos muchas cosas, hemos viajado juntas, hemos despedido a amigos y visto crecer a nuestros hijos que son amigos, pero si hay algo que nos une bastante es nuestra afición por la lectura. Compartimos libros, nos aconsejamos la una a la otra, los comentamos y tenemos nuestro pequeño club de lectura “a deux”, que se activa en las noches de insomnio con un wassap. Ella también es la responsable de que Mamá se va a la guerra llegara a manos de la Editorial Cuento de Luz, pero esa es otra historia...

Y todo empezó porque una joven Fuen, apasionada por el Principito, un día decidió empezar una colección. Creo que Saint Exupèry estaría encantado de conocerla. Últimamente no dejo de pensar en la trascendencia que tiene todo aquello que hacemos.

sábado, 18 de mayo de 2013

CRÓNICAS DE VIAJE - EPISODIO 0



Ayer desempolvé los diarios de viaje que escribí junto a mi marido en la década del noventa. Aquellos años en que teníamos juventud y capacidad de ahorro para, cada año, elegir un destino del mundo y viajar hasta allí con nuestra mochila. Fueron años de inmensa actividad profesional. A los ojos de muchos éramos una pareja de yuppies que se habían apuntado a la moda de hacer viajes exóticos y de aventura. A los ojos de mi madre, ese chico inquieto con el que me había casado iba a conseguir que nos matásemos en cualquier montaña perdida de vaya usted a saber dónde. No le faltaba razón a mi madre, que varias veces estuvimos a punto de morir, aunque de eso creo que nunca se ha enterado.

Para nosotros sin embargo, viajar era una manera de conocer a otras personas, otras culturas, otros paisajes, pero también de conocernos a nosotros mismos, mutuamente y de forma individual. No todas las parejas aguantan juntas las 24 horas del día durante 30 días seguidos. Nosotros no es que nos aguantásemos, es que las disfrutábamos como enanos.

Aquellos viajes en realidad duraban todo el año, porque durante meses nos dedicábamos a planificarlos minuciosamente. Estamos hablando de una época en la que Internet no estaba a nuestro alcance, tampoco había móviles, se utilizaba el fax y el télex, los billetes aéreos se compraban en las agencias de viajes y el dinero se llevaba en travellers checks, las cámaras de fotos eran de carrete y los más “profesionales” usaban película de diapositivas.

El primer paso, una vez elegido el destino, era pasarnos por las agencias de viajes para saber cuáles eran los lugares más turísticos del país en cuestión. En ocasiones, eso significaba incluirlos, pero en muchas otras, precisamente descartarlos ya que huíamos del turismo de masas. 

El siguiente paso era comprar varias guías, la Lonely Planet solía convertirse en nuestro libro de cabecera durante esos meses. El objetivo era contactar con alguien que ya hubiese viajado al destino en cuestión o, mucho mejor, que viviese allí. Practicábamos el “couchsurfing” basado en el boca a boca.

Y entonces, llegaba uno de los momentos claves y que recuerdo con mayor cariño. En una hoja tamaño DIN A3 dibujábamos una cuadrícula que sería nuestro calendario de viaje y sobre ella íbamos trazando el recorrido, las ciudades o lugares donde pernoctaríamos cada noche, los medios de transporte para cada día, los alojamientos…Siempre escribíamos a lápiz, porque durante meses era nuestro documento de trabajo que iría sufriendo constantes modificaciones.

- He leído que el Taj Mahal está cerrado los lunes.
- Vaya, eso cambia nuestros planes porque tendremos que quedarnos un día más en Agra.
- ¿Y si empezamos el viaje por Benares?
- No, no hay vuelos y además prefiero que nos vayamos haciendo al país poco a poco. Benares debe de ser muy impactante y además es un buen punto de partida hacia Nepal.

Esas eran el tipo de conversaciones que nos absorbían durante horas y horas.

Ya más cerca del momento de partir, llegaba el asunto de los visados, los pasaportes, las vacunas, los vuelos, el cambio de moneda y el equipaje.

Tengo guardado como oro en paño aquel pasaporte que nos hicimos con una foto en la que no estábamos nada arreglados. Mejor así, porque ese era el aspecto que teníamos cuando llevábamos semanas de viaje. Más de un guardia de fronteras habría dudado de mi identidad si en la foto del pasaporte hubiera salido peinada con moño italiano, maquillada y con traje sastre, que era mi aspecto habitual cuando me ponía el disfraz de broker de bolsa.

Aquel pasaporte lleno de sellos de todos los colores, porque para eso las autoridades de emigración de algunos países son muy creativas, igual que con sus billetes, y había sellos con tucanes, con letras árabes, con monumentos…

Nunca supimos viajar con poco equipaje. Al final lo conseguíamos porque la capacidad de la mochila era la que era, pero antes de regresar siempre acabábamos regalando ropa que no habíamos usado. Era nuestro reto cada año, reducir el equipaje, pero eso sólo conseguí aprenderlo muchos años después, al hacer parte del Camino de Santiago.

¿Qué condiciones debía tener nuestro destino? 

Generalmente buscábamos que estuviera fuera de Europa, porque pensábamos que Europa, España incluida, podríamos conocerla en viajes de fin de semana, puentes y sobre todo, cuando fuésemos jubilados.
Nos gustaban los destinos con culturas diversas a la nuestra y con paisajes naturales extremos: selvas vírgenes, volcanes, montañas elevadas, ríos bravos, llanuras nevadas. Pero aunque nos adaptábamos a cualquier medio de transporte y alojamiento, era importante que los dos o tres últimos días del viaje los pudiéramos destinar a estar en alguna playa en algún hotel con cierto lujo. Por dos motivos (o tres): poder darle descanso al cuerpo, poder adaptarnos poco a poco al modo de vida occidental, ya que solíamos apurar de viaje hasta el último día de nuestras vacaciones y poder bucear si el destino lo permitía.

Costa Rica, Venezuela, Colombia, Guatemala, la India, Jordania, Kenia, Tanzania, Nepal, Bolivia, Perú, Tahití, México, Estados Unidos, Panamá, Finlandia, Cuba, Zanzíbar…y Ecuador.

Aquellos años tan viajeros sólo podían acabar de una manera, con EL VIAJE, en mayúsculas. Nuestro deseo de conocer a fondo otras culturas, con aquellos viajes siempre se quedaba un poco cojo. No dejábamos de ser unos turistas que al final de las vacaciones se volvían a integrar, nunca iguales, a su modo de vida habitual. Sin embargo, la gran oportunidad se nos presentó cuando nos ofrecieron ir a vivir por tres años a Ecuador. Aquel fue el viaje de nuestra vida. En el que de verdad debimos integrarnos en otra sociedad y enfrentarnos al reto de vivir según sus normas, en el que nos enfrentamos a nuestros propios fantasmas, al desarraigo, a la soledad, a la incomprensión, y en el que definitivamente nos convertimos en otras personas.

Hoy, trece años después de nuestro regreso y cuatro desde que me divorcié, he tenido el valor de buscar la caja de mudanzas que se encontraba sellada en el trastero y sacar de ella aquellos diarios que íbamos escribiendo en tiempo real, tomando un refresco en Petra, o encaramados al templo cuatro de Tikal. Nos alternábamos en la escritura. Mientras uno lo hacía el otro solía leer alguna novela ambientada en el país. Son cuadernos que guardan una parte de mi vida en la que fui feliz, muy feliz, y sin embargo al releerlos, en muchos aspectos me cuesta reconocerme en la mujer que era entonces. En ellos hoy veo a un personaje de mí misma y me pregunto cuánto de ella aún permanece.

lunes, 1 de abril de 2013

Cocinando con la YAYAPURI



Hoy he ayudado a mamá a cocinar. Es raro verla últimamente en la cocina. Estamos esperando a que nazca el hermanito y dice que todo le huele mal.

Pero hoy ha sido genial. ¡Vamos a freír alitas de pollo rebozadas en harina!

- ¿Te puedo ayudar, mamá?
- Claro Nico, tú pondrás la harina.

Me encanta jugar con la harina: mancharme las manos y también la nariz. Cuando hemos acabado, sobraba mucha harina en el plato.

- Mami, ¿puedo jugar con ella como hago en casa de la YAYAPURI?
- Y ¿qué haces en casa de la YAYAPURI?
- Uy, ¡muchas cosas! Siempre jugamos en la cocina. Hacemos tarta de manzana, torrijas, sopa de pollo…yo le ayudo mucho, pero ¡lo más divertido es cuando me deja jugar con la harina!
- ¿Y qué quieres hacer ahora?
- Mira…se le pone un poquito de agua…¡y se hace una masa!
- ¿Y ya está?
- Mamá, ¡no te enteras! Amasar es de lo más diver. Primero te pringas todas las manos, porque es muy pegajosa. Pero amasas, amasas y amasas, hasta que se queda así, mira, como plastilina.
- Ahhhh, ¿y a eso juegas con la YAYAPURI?
- ¡Y nos lo pasamos muy bien! Un día hice una pizza. Otro día hice unas tiras largas, largas y me las puse como si fueran un bigote.
- Y hoy, ¿hoy qué vas a hacer?
- Hoy…me voy a hacer una máscara del Fantasma de la Ópera
- ¡¿Tú te sabes la historia del Fantasma de la Ópera!?
- ¡Pues claaaaaro, mami! Cuando cocinamos la YAYAPURI siempre me cuenta sus historias. ¿Sabes? Ha viajado por todo el mundo y tiene una máquina del tiempo. Al fantasma de la ópera lo conoció cuando vivía en París, fueron novios. Y también era amiga de Tarzán y de la mona Chita y fue criada de Cleopatra.
- Uy, ¡qué susto me has dado con la máscara! Ven que te voy a hacer una foto con el móvil y se la mandamos a tu YAYAPURI, ¡a ver si adivina si eres tú o su novio el de París!

domingo, 31 de marzo de 2013

Historia de un cuaderno


Hola, no tengo nombre. Soy un cuaderno. Mis hojas son de cuadritos, tengo dos tapas duras de color verde y una espiral blanca.

Hace tres meses estaba muy contento junto con otros cuadernos. Era el primer día del curso y la Señorita Lola, nos iba a repartir entre los niños. ¡Qué impaciente estaba por conocer a mi nuevo dueño! Veréis cómo pasó:

“Tengo a cuatro cuadernos más encima de mí y voy escuchando nervioso a la señorita:
- Luis Almeida (ése no será el mío, pienso)
- Rocío Arango (una niña…me han dicho que las niñas nos tratan mejor)
- Silvia Beltrán (otra niña…ay madre, quién me tocará)
- Carlos Bordón (ya me toca, ya me toca, estoy el primero ya)
- Jorge Cánovas (¡Jorge Cánovas! Un niño pelirrojo y con pecas, que tiene una cara de travieso…)”

Jorge resultó ser efectivamente un niño muy travieso. Lo primero que hizo fue poner su nombre en mi portada y después la asignatura: “CONOCIMIENTO DEL MEDIO”.
Hasta ahí todo bien pero…¿sabéis lo que hizo después? Esto:

C ONOCIMIENTO  DEL  MEDIO

Y me tiró descuidadamente a la cajonera.

- ¡Eh oye! - le dije al libro de Matemáticas- ¿Te importaría moverte un poquito? ¡Me estás arrugando las hojas!

Pasó la primera semana y Jorge sólo había garabateado algunas palabras en mis primeras páginas. Siempre usaba un bolígrafo azul. Apretaba mucho al escribir y ¡me hacía un daño…! Tenía una letra bastante desordenada: las “b” se inclinaban a la derecha, las “j” a la izquierda…y cuando se equivocaba ¡hale! ¡un tachón!

En una semana me había convertido en el cuaderno más feo de toda la clase.

En las clases de Geografía, Jorge empezaba a soñar con viajes y aventuras a selvas tropicales o al Polo Norte. Distraídamente pasaba su bolígrafo por mis espirales.

- ¡Qué cosquillas! ¡Jorge, para por favor, que se me saltan los cuadritos de tanto reír!

Un día Doña Lola dijo:

- Chicos, dejadme todos los cuadernos de “Cono” encima de mi mesa que esta tarde los voy a corregir.

Yo iba temblando en las manos de Jorge. ¿Qué me harían?

Doña Lola cogió un boli de color rojo y cuando me abrió, pude ver su cara de enfado. Empezó a escribir aquí y allá con una letra aún peor que la de Jorge:

¡Esto está mal! 
¡Faltan actividades! 
¡Completar! 
¿Dónde está la portada del tema dos?

¡Me dejó tan feo que parecía un monstruo!

Aquella tarde de vuelta a casa Jorge iba como siempre, corriendo y saltando. Los libros y cuadernos que íbamos en la mochila nos poníamos a dar botes. Era divertidísimo, como estar en una montaña rusa. Luego en casa ya sabíamos lo que pasaba: ¡golpetazo!  Jorge tiraba la mochila al suelo y nos dejaba allí toda la tarde.

Pero aquel día, sus padres hablaron muy serios con Jorge:

- Hijo, tú eres un chico muy listo y puedes hacer los deberes muy bien. Además, la Geografía te encanta. ¿Por qué no piensas un poco en tu cuaderno? Debe de sentirse fatal de ver que es el más feo de la clase. Y es TU cuaderno. Él muestra a los demás cómo eres.

Yo no podía creer lo que estaba oyendo. ¡¡Hablaban de mí!!

Desde entonces, Jorge utiliza rotuladores de colores.

¡Son tan suaves como las caricias de las mamás! 

Y también se esfuerza por hacer buena letra y dibujos ¡muchos dibujos! Tengo una página- la número 23- que es mi preferida ¡porque tiene dibujadas las banderas de todos los países del mundo! Cada noche, elegimos una bandera y en sueños volamos hacia allí en busca de aventuras.

jueves, 28 de marzo de 2013

Emulando a Auster


Acabo de terminar de leer el Diario de invierno de Paul Auster.

Es el primer libro que consigo acabar en meses. En mi mesilla de noche se amontonan exactamente treinta publicaciones. Poesía, novela, psicología, ensayo. Algunas de ellas las leí hace tiempo y me gusta tenerlas cerca, por lo que me resisto a subirlas a la biblioteca de la buhardilla. Son libros a los que vuelvo de vez en cuando para releer algunos pasajes al azar. Pero la mayoría de los que se acumulan son ejemplares que he comprado bien por impulso bien porque me los ha recomendado alguien y que una vez empezados no consiguen engancharme, porque simplemente no sintonizan con mi estado de ánimo o porque, seamos sinceros, no me gusta cómo están escritos.

Tuve una época hace un año en que leía bastante a Jorge Bucay. Desde el camino de la autodependencia hasta el camino de la espiritualidad, su estilo divertido y a la vez claro, me ayudó a entender mejor mi propio camino en esta vida. Bucay me descubrió a su vez a Osho, y esa es la razón por la que reposan unos junto a otros diversos libros de filosofía oriental como El libro tibetano de la vida y la muerte y El vagabundo de Gibran Khalil Gibran. Por contraponer un poco de ciencia de divulgación a tanta filosofía, apoyados junto a la pared, descansan el inmenso volumen de El viaje a las emociones de Eduardo Punset y El cerebro masculino, escrito por una neuróloga americana. También hay dos o tres libros en francés, para no perder la práctica con el idioma, y varios de poesía española contemporánea: Luis Alberto de Cuenca, García Montero, Gil de Biedma, Antonio de Villena.

Hace un año o algo más se marcó el comienzo de una nueva época en mi vida. El encuentro inesperado con mi espiritualidad. Dicen que todo está dentro de uno mismo y yo siempre he tenido un mundo interior muy rico, sin embargo, tuvo que ser una experiencia que en mi percepción fue externa, la que hiciera que ese mundo interior sufriera un vuelco para avanzar un paso más. No era algo que yo anduviera buscando y sin embargo, en aquella madrugada de febrero, en la que mi tristeza no podía ser mayor, se abrió la puerta de mi espíritu, sentí que me iluminaba, que me desaparecían todos los apegos y que me invadía la paz y la alegría.

Pero no es de esto sobre lo que quería escribir hoy, sino de libros, de historias que te marcan, de palabras encadenadas con tal maestría que te hacen olvidar quién eres.

Recuerdo el día que compré aquel ejemplar de El vagabundo. Tendría catorce años y estábamos en medio de uno de aquellos veranos eternos de cuando éramos estudiantes. Tres meses de inactividad intelectual que acababan haciéndoseme muy largos. Devoraba los libros que había en mi habitación, los del bibliobús  y empezaba a hacer incursiones en la biblioteca de mi hermano. Pero aquella tarde de verano, no recuerdo si sola o acompañada, andaba dando vueltas por el Jumbo. Este era uno de los primeros hipermercados que se habían abierto en Madrid. Aquello era un nuevo concepto de tienda: una gran superficie, con aparcamiento subterráneo, línea de treinta cajas y carros enormes con asiento de bebés para que los fueras llenando con todos los productos que encontrabas en las interminables hileras de pasillos, incluidas aquellas cajas con doce litros de leche en Tetra-brick. Pero la novedad era que en la misma tienda se integraban alimentación envasada, productos frescos, droguería, artículos de decoración, ropa y calzado, juguetes…y libros. Así que seguramente mientras mi madre se perdía por aquellos largos pasillos en los que había tal cantidad de marcas de galletas que su elección se hacía un reto, yo me quedaba zascandileando por la sección de libros. No solían ser ediciones cuidadas, sino de bolsillo. Ni siquiera los tenían expuestos en estanterías. Recuerdo aquellas mesas-cajón en las que se mezclaban, todos a cinco o diez duros, El lazarillo de Tormes, con los Cuentos de los hermanos Grimm, con un libro de recetas de cocina. Allí fue donde nos encontramos. Me llamó la atención el título: El vagabundo, seguramente porque me identificaba con él, ya que siempre me he sentido un poco vagabunda en esta vida. Después me hizo gracia el nombre del autor, porque era capicúa. Tal era mi indolencia que me dejaba llevar por la sonoridad de los nombres y cosas así. La portada en tapas blandas tenía una ilustración, nunca supe qué representaba, en colores amarillo, rojo y azul. Espantosa. Lo abrí y entre aquellas páginas de papel de baja calidad, medio anaranjado, en unas letras de imprenta de esas que son medio borrosas, leí uno de los primeros cuentos, y decidí comprarlo.
Siempre he sido así de impulsiva a la hora de comprar libros. Igual voy con una idea, pero ojeando por la librería, un título, un nombre o una reseña llaman mi atención y no dudo en llevármelo. Muchas veces me he equivocado, pero otras, como con El vagabundo, he descubierto pequeñas joyas. Por un impulso también descubrí a Juan Bonilla o más recientemente a Eudora Welty.

La mayoría de mis libros se quedaron en la casa donde vivía antes de divorciarme y cuando la vendimos, encontraron acomodo en la biblioteca del nuevo salón de mi ex. Algunos de esos libros (pocos) no me gustaron, o los dejé a medias, y otros que adoré, sin embargo no volvería a leerlos. Pero a pesar de ello, no puedo evitar una punzada de rabia cada vez que voy allí y los veo convertidos en objeto de decoración. Porque para mí son páginas y páginas de palabra tras palabra, historias que alguien inventó y que llenaron horas y horas de mi vida, sumergida en otras vidas. Así que son una parte de mí que se ha quedado ahí, en una casa desconocida de alguien que cada vez me resulta más ajeno.

Es cierto que nunca me ha negado que me lleve lo que quiera, y también es cierto que alguna vez, a hurtadillas, mientras esperaba a que los niños bajasen a verme, me he guardado en el bolso algún libro que de repente he descubierto y que me decía ¡llévame contigo!

La conclusión es que en esta casa tengo pocos libros, pero casi todos me gustan, porque me voy trayendo poco a poco “los imprescindibes”. Así, y quitando a muchos clásicos, que se los dejo a los niños en casa de su padre, están conmigo Platón y sus Diálogos, Neruda, Machado y García Montero, Amélie Nothomb y Lucía Etxebarría, Rilke, Kafka, Pérez-Reverte, Cela y Vasco Pratolini, Saramago, Pamuk, Antonio Tabucchi y por supuesto mi adorado Auster.

A todos ellos los admiro. Al que no es por sus historias inolvidables, será por la sonoridad de sus palabras o por el ritmo de sus versos o por la credibilidad de sus personajes. Sinceramente, me gustaría escribir la mitad de la mitad de bien que cualquiera de ellos.

“En cierto momento, algo empezó a abrirse en tu interior, te encontraste cayendo por la fisura entre el mundo y la palabra, el abismo que separa la existencia humana de nuestra capacidad para entender o expresar la verdad de la vida”. “El acto de escribir empieza en el cuerpo, es música corporal, y aunque las palabras tienen significado, pueden a veces tener significado, es en la música de las palabras donde arrancan los significados” (Auster. Diario de invierno 2012)

A él las palabras dice que le vienen andando. A mí conduciendo. Cuando voy sola en el coche, sin música, silencio total para oír las palabras que van apareciendo en mi cabeza. A menudo diálogos imaginados con personas que conozco, pero que en realidad no son ellas, sino quienes yo quiero que sean, diciendo las palabras que yo quiero oír. Imagino situaciones imposibles: a veces un intercambio romántico con alguien que en absoluto lo es, o una discusión con mi madre en la que le digo cosas que jamás me atrevería a decirle, o modifico y mejoro conversaciones reales, completándolas con frases más sonoras, más acabadas, más literarias.

El viaje diario entre Boadilla y el centro de Madrid es uno de esos momentos. A las nueve de la mañana, cuando voy a trabajar, suele haber mucho tráfico y el trayecto puede durar una hora. A veces pongo la radio, por saber si ha pasado algo grave en el mundo, pero a esa hora los noticieros son muy rápidos y empiezan las tertulias políticas que, no sólo me aburren soberanamente, sino que puedes estar sin oírlas un mes y cuando vuelves a escucharlas, parece que hubieras retomado la última, porque siempre hablan los mismos y de lo mismo: la crisis, el paro, la situación económica, la corrupción política. Entonces desconecto todo sonido para empezar a escucharme a mí misma. Y supongo que entro en ese abismo que menciona Auster en el que en un lado está mi existencia humana, la real, la Irene que conduce un coche, que va a trabajar, que tiene dos hijos y un cáncer, y en otro mi capacidad para entender o expresar la verdad de la vida, lo que escribo, lo que imagino, lo que interpreto y luego se transforma en palabras mejor o peor encadenadas, con más o menos música y por tanto, con mayor o menor significado.

El trayecto de vuelta suelo hacerlo a primera hora de la tarde. Tantas veces he hecho ese recorrido en los últimos trece años que el coche se sabe solo el camino y ahora que lo pienso, no me extraña que nunca sepa indicar a los amigos que vienen a casa el número de la salida de la M40 que tienen que coger. Creo que nunca me he fijado en ese detalle porque siempre voy pensando en mis historias.

Leer, imaginar, escribir; escribir, leer, imaginar; imaginar, leer, escribir. Toda combinación es posible, como posible es aún mi sueño adolescente de ser escritora.

Irene
7 de mayo de 2012

¿Sobre qué quiero escribir?


10 de marzo de 2012

¿Sobre qué quiero escribir?
Sobre todo y sobre nada, sobre un ciervo que te mira en la carretera, sobre tus manos rozando mi espalda, sobre los hijos que crecen y sobre aquellos que nunca nacerán, sobre los muertos que me buscan en los sueños, sobre el sonido de las olas del mar.

Sobre las razones que nunca me dieron, sobre el tiempo perdido y las experiencias ganadas, sobre los amantes que pasaron por mi cuerpo, sobre los hombres que realmente me amaron.

Sobre una peluca, sobre el ciclo de la vida, sobre viajes espaciales y también astrales, sobre la pasión y el disfrute, sobre la curiosidad que no envejece, sobre el espíritu explorador y sobre la juventud que me ofreces.


Sólo una noche


Solo una noche.
Solo una  noche para que me abraces y me beses en la punta de la nariz
Para perderme en esos ojos seductores que hablan en silencio
Para que te pierdas en mí
Una sola noche
Una sola piel
Un solo río de deseo
Solo una noche para velar tu sueño y saber que ya no gritas
Para respirar tu aire tranquilo después de la batalla
Para que duermas en mí
Una sola noche para saber que vendrán más

¿Quién será ese hombre? (Novela en construcción)


Clara estaba sentada en la butaca de la sala grande. Su mirada se perdía tras el ventanal más allá de las calles mojadas de Granollers.
Las tardes de lluvia los clientes se hacían más perezosos. Su mente divagaba entre aquella fatídica noche en que la bajaron del furgón y el dilema de la cena para su hijo Nicolás: tortilla o espaguetis. La conversación con las otras chicas a veces le resultaba insoportable.

Se oyeron voces en el corredor. Una grave, varonil, intercambiaba cortas frases con la más aguda de Flora, la jefa.

- Sí, no soy de aquí, estoy de paso.
-  Está bien que después de un duro día de trabajo se haya animado a venir. Enseguida le presentaré a Clara. Estoy segura de que le va a encantar.
- No soy un hombre de gustos raros, mientras la chica sea educada y limpia…
- Por favor, ¡no me ofenda! Todas nuestras chicas han estudiado en la Universidad y pasan revisiones médicas con asiduidad. Puede estar usted tranquilo de que todo irá bien.
- Perdone, no quería molestarla…bueno, pues…¿dónde está Clara?

A medida que la puerta de la sala se iba abriendo, Clara se incorporó para recibir a su cliente.
Tenía un cuerpo de escándalo apenas tapado por un culotte de encaje negro y una blusa de gasa semitransparente. Subida a los tacones de aguja de quince centímetros, sus piernas se hacían kilométricas y para mantener mejor el equilibrio, las separaba ligeramente y curvaba la espalda, de manera que su culo, firme y redondo, parecía aún más respingón e invitador. A través de la blusa se entreveían dos pechos no excesivamente grandes, pero con unos pezones oscuros que apuntaban hacia el frente. Los rasgos de su cara, típicamente eslavos, quedaban enmarcados por una sexy melena pelirroja estilo bob.
El hombre que tenía enfrente era atractivo. Alto, corpulento, con facciones duras y cara de cansancio. Llevaba traje y corbata de Massimo Dutti y tenía aspecto de jefe de ventas de alguna empresa de electrodomésticos, o de relojes. Le calculó unos cuarenta años, mujer y dos niñas preciosas en Madrid.
Disfrutaba del primer momento con un cliente nuevo. Comprobar una vez más cómo los ojos se desplazaban de arriba abajo y la mirada, sin saber bien en qué parte de su cuerpo posarse, se iba avivando hasta que afloraba el brillo del deseo. Ese deseo inmediato y urgente que se hacía notar también bajo el pantalón.

Se acercó lentamente hacia él, sonriendo y mirándole provocativamente a los ojos.

- Clara, el señor ha tenido un día complicado y desea un masaje relajante de una hora.

Con ese dato, Clara le hizo un gesto para que la siguiera a lo largo del pasillo que se descubría al fondo de la sala. Una hora de masaje relajante significaba que al caballero acababan de cargarle en la tarjeta de crédito trescientos euros que le darían derecho a satisfacer sus instintos más salvajes dejando fuera cualquier práctica sado que pudiera dejar marcas en su cuerpo.
Clara avanzó contoneándose hasta la tercera puerta de la izquierda. El hombre caminaba detrás sin poder apartar los ojos de su culo. En cuanto abrió la puerta él se abalanzó sobre ella, apoyándola contra la pared. Sus manos fueron directamente a los pechos de Clara, apretándolos, sopesándolos y atrapando los pezones entre sus dedos. La besaba en la boca con avidez, su lengua la invadía sin apenas dejarla respirar, mientras su cuerpo se restregaba contra el suyo, con una enorme erección que la presionaba el pubis. Estaba acostumbrada a esos ataques de deseo, pero aquel hombre tenía algo que la hacía excitarse.
Empezó ella también a sentir su pasión y mientras le devolvía los besos, le fue ayudando a despojarse de la chaqueta y la corbata. El mientras tanto recorría con las manos cada centímetro de sus costados, las bajó hasta las caderas y comenzó a acariciarle las nalgas por encima de las braguitas, suavemente, en movimientos circulares y atrayéndola hacia él, para que sintiera aún más fuerte cómo su pene hacía esfuerzos por liberarse del pantalón y abrirse paso hacia ella.
Sin dejar de besarse, fueron dando pasos cortos hacia la gran cama que había a su derecha. Ella cayó de espaldas y él aprovechó ese momento para quitarse los zapatos y en un hábil gesto sacarse calcetines, pantalón y boxers de una vez.

- ¿Te gusta lo que ves?

Ante ella el hombre se mostraba en toda su plenitud. Tenía una erección poderosa, grande, firme, larga. Ella asintió con la cabeza.

- Quiero que me la chupes.

Y se acercó al borde de la cama. Ella se había sentado y su miembro le llegaba justamente a la altura de la boca. Alzó sus ojos hasta los de aquel hombre y con una mirada lasciva entreabrió la boca, para luego morderse suavemente el labio inferior y mostrarle la punta de su lengua sobre los dientes. Aquel gesto de zorra era infalible. El hombre cerró los ojos, inclinó suavemente su cabeza hacia atrás y con las manos la agarró del pelo atraiéndola hacia él.

DIÁLOGOS ENTRE EL JOVEN PERDIDO Y LA MUJER MADURA


DIÁLOGOS ENTRE EL JOVEN PERDIDO Y LA MUJER MADURA

- Tengo una duda que me inquieta desde el día que nos acostamos por primera vez.
- Dime
- ¿Por qué quisiste que me corriera dentro de ti sin usar preservativo?
- Porque me da más placer
- ¿No te da miedo un embarazo?
- Jajaja, te llevo más de diez años. A mi edad y en mis circunstancias eso es impensable. Más bien podrían preocuparme las enfermedades de transmisión sexual, pero yo sé que estoy limpia y tú me dijiste que llevabas más de dos años sin tener relaciones sexuales con nadie. Te creí y confié en ti. ¿A ti no te da también más placer?
- Sí
- Entonces, ¿cuál es el problema?
- No, no…ninguno. Sólo es que me resulta sorprendente.



20 de junio de 2012

Complicidad


COMPLICIDAD

Y aquel amor loco murió
Y la ausencia dejó de serla
Y el deseo encontró otro cuerpo
Y la entrega otra alma
Y la locura aún anda sin saber bien qué hacer
Y aquella amistad
Herida por el dolor del abandono
Intenta en vano caminar
Con los zapatos del cariño
Pero ya nada es igual
Porque no hay espacio para las confidencias
Porque ya no somos cómplices

Irene, 16 de febrero de 2012

Cuando todo lo llenas


Cuando todo lo llenas
Y dejo de ser yo
Para ser en ti
Y si te vas
Cuando te vas
Desaparezco
Y me busco
Y no me encuentro
Perdida en las mareas
Y me busco
Y al final soy yo
Estoy ahí
Rozando el universo
Tal vez cerca de ti
Solamente dentro de mí.

Irene, 27 de marzo de 2012

Cuando los niños duerman


Cuando los niños duerman

Cuando los niños duerman, dejaré arropar mi desnudez por la penumbra de la habitación. Con los ojos cerrados evocaré otro momento con las luces apagadas. Me acabo de despertar de la siesta. Entras sigilosamente porque me crees aún dormida. Al apreciar mis leves movimientos rodeas la cama para acercarte. Sin apenas intercambiar una palabra me miras fijamente a los ojos, con esa sonrisa indescifrable de tu mirada, porque lo dice todo y esconde aún más. En un gesto inesperado te bajas los pantalones. Ahora es todo tu cuerpo el que me sonríe. Ver tu impresionante erección despierta en mí un deseo instantáneo. Te acercas sonriendo, sin apartar la vista de mis ojos y comienzas a penetrarme profundamente. Nos besamos largamente primero y con besos entrecortados por jadeos poco después. Tú encima de mí, tu cuerpo se adapta perfectamente al mío, ojo con ojo, boca con boca, vientre con vientre. Tú dentro de mí y tu cuerpo sigue amoldándose, llenando cada recoveco, tocando ese punto escondido que me lleva al delirio. Porque deliro. Comienzo a susurrarte guarrerías en francés y por primera vez rompes tu silencio con un “Esto por lo menos es de pago”. Las carcajadas de los dos cambian nuevamente el clímax. Seducir, follar, hacer el amor, todo se mezcla, porque no hay prisas, porque esa tarde se pararon los relojes y el espacio y el tiempo se curvaron para volverse en uno.

El vacío de los años impares (novela en construcción)


EL VACÍO DE LOS AÑOS IMPARES

- El gran drama de los años impares ¿sabes cuál es?

- No tengo  ni idea

- Pues que no hay ni olimpiadas ni mundial de fútbol. ¿Te das cuentas de lo que eso significa? Cuántos hombres se encuentran sumidos en el aburrimiento de un verano en el que no hay retransmisiones deportivas. Porque da igual que el partido sea de una fase previa entre Islandia y Jamaica, te enganchas a verlo como si te fuera en ello la vida. Pero los años impares son una desgracia. ¿Cómo rellenas todo ese tiempo? Pues con sexo.

- ¿Quieres decir que este año hay más gente apuntada en Meetic que el año pasado porque estamos en año impar? ¡Hay que aprovechar el momento entonces!

Estábamos comiendo en La Vaca Verónica. Curro y yo nos habíamos conocido precisamente en Meetic unos diez días antes. Continuamos la conversación animadamente sobre los booms de nacimientos que había habido tras el apagón de San Francisco o más recientemente después de que el verano anterior España hubiera ganado el Mundial de fútbol.  Pero  en mi cabeza ya se había puesto en marcha el mecanismo de la reflexión. El vacío de los años impares y mi propio vacío que empezó dos años antes, en otro año impar y terminó de vaciarse en el fatídico mes de febrero de ese fatídico 2011.

¿Cómo iba yo a rellenar tanto vacío emocional, tanta falta de ganas de volver a amar? ¿Cómo iba a aprender a llenarme de mí misma?

Meetic  fue todo un descubrimiento antropológico, psicológico y social. A través de ese portal conocí a muchos hombres y lo mejor de todo era comprobar cómo sus personalidades respondían a determinados arquetipos. Si Freud hubiera tenido acceso ¡cómo habría disfrutado!