"Estar enfermo o moribundo es sobre todo y en gran medida una cuestión de estilo"
Esta es una de las joyas que nos regala Anatole Broyard en su ensayo "Ebrio de enfermedad", que el autor escribió durante su cohabitación con un cáncer de próstata.
El libro entero es un alegato a la dignidad humana. Está bien escrito, se lee fácilmente y encierra lecciones de vida útiles para todos porque, enfermos o no, en algún momento tendremos que enfrentarnos a nuestra propia muerte.
No es un libro de auto-ayuda. Tampoco es un libro sobre la muerte lacrimógeno o victimista. Es directo, franco, completo, profundo, reflexivo y a la vez irónico. Exactamente en el estilo que él eligió para si mismo.
"Una enfermedad crítica es como un gran permiso, una autorización o una absolución".
Como enferma de cáncer, me identifico con ésta y muchas otras de las reflexiones que nos vamos encontrando por el libro. A menudo mis amigos y familiares me comentan que estoy desconocida, más radiante y luminosa que nunca, con más sabiduría y con una desinhibición que a muchos escandaliza. Es mi estilo para vivir esta etapa de mi vida. El cáncer ha sido mi gran permiso, mi gran oportunidad de modificar muchos de mis valores, desprenderme de muchos de mis yoes y encontrar mi esencia.
"La escritura es un contrapunto de mi enfermedad. Obliga al cáncer a pasar por mi carácter antes de que pueda llegar a mí".
Broyard era escritor, crítico literario y director del suplemento literario de The New York Times. Pero creo, una vez más coincido en esto con él, que no es necesario ser escritor para utilizar la literatura con fines terapéuticos, para construir nuestro propio relato y con nuestro propio estilo. Es una manera de reivindicar cierto poder sobre nuestra propia existencia.
Especialmente brillante es el capítulo tercero: El paciente examina al médico. Han pasado más de veinte años desde que Broyard examinó a su médico, pero aún hoy y por desgracia sus planteamientos están de actualidad. Esperas de tu médico, no sólo que sea un buen médico, sino que además sea un ser humano y se permita serlo con sus pacientes, que sea también un poco filósofo y metafísico y que tenga sentido del humor. A medida que leía este capítulo, yo misma examinaba a mi médico, a mi General, y debo reconocer que pasa el examen con un sobresaliente alto.
Dice Broyard: "Sería más feliz con un médico ingenioso, que supiera apreciar la comedia además de la tragedia de mi enfermedad, sus manías y excentricidades, los chistes de una personalidad que ya no tiene nada que perder"...porque "el médico es el único pariente en un país extranjero". Lo sospechaba y lo ratifico ahora por qué hay oncólogos que tienen tan buena fama entre colegas y sobre todo pacientes. Hoy en día, los avances farmacológicos y científicos están prácticamente al alcance de todos los médicos. Lo que marca la gran diferencia es su calidad humana y su trato con el paciente. Gracias mi General por ser como eres.
Felicidades a Ediciones La Uña Rota por traernos este ensayo sobre la enfermedad, traducido además al español por nuestro laureado Miguel Martínez-Lage. No hace falta estar enfermo para disfrutar de él.
Irene Aparici
Nota bibliográfica:
Título original: Intoxicated by My Illness (and Other Writings on Life and Death)
Título en español: Ebrio de enfermedad
Autor: Anatole Broyard - 1992
Primera edición en castellano: marzo 2013
Editorial: La Uña Rota
Traducción: Miguel Martínez-Lage, 2013
Ilustración de la portada: Gonzalo Borondo, 2013
ISBN: 978-84-95291-25-7
Empezando esta aventura
EMPEZANDO ESTA AVENTURA
Espero que este espacio llegue a ser un lugar de encuentro interactivo; ese libro de visitas; el diario de bitácora en el que también vosotros reflejéis libremente vuestras impresiones y emociones, y así nos enriquezcamos todos.
¡Ojalá que os guste! Irene
martes, 30 de abril de 2013
sábado, 27 de abril de 2013
Desde casa
Mi Querido Ejército:
La Reina ya está de vuelta en Palacio. A pesar de haber estado muy bien cuidada en el hospital y de que me instalé allí recreando un trocito de mi espacio personal, he vuelto con necesidad de descansar y de disfrutar de mis cosas, especialmente de mi cama enorme y del colchón. Estas batallitas contra los mercenarios oportunistas desgastan bastante.
Los Príncipes están conmigo, contentos, cariñosos y cuidando mucho de mí. Y yo encantada de tener a estos dos hombrecitos guapos por aquí.
La inflamación del brazo ha bajado bastante, la fiebre desapareció, pero aún sigo con antibióticos y lo que te rondaré, morena. En los dedos me han quedado unas ampollas de recuerdo que me están curando, pero por lo menos, ahora los puedo mover.
Iré contestando a vuestros mensajes poco a poco.
Muchas gracias y muchos besos,
Irene
martes, 23 de abril de 2013
Desde el hospital
Querido Ejército Aliado:
Este parte de guerra se me hace raro de escribir. ¿Cómo deciros que he estado hecha polvo durante cinco días pero que ya estoy mejor y que además estoy feliz?
A ver, así rapidito porque aunque parezca mentira estoy liadísima:
1. Llevo seis días ingresada en el hospital Puerta de Hierro. Entré por urgencias con mucha fiebre y una infección subcutánea que me afectaba el escote, los hombros, la espalda y parte del brazo. Luego se me concentró en el brazo, que era algo indescriptible: caliente como un horno e hinchado como un salami italiano. De tan caliente que estaba, me han salido ampollas en los dedos que son quemaduras de segundo grado. Bueno, que no me iba a enrollar. El caso es que estuve muy grave pero al tercer día parece que los miles de antibióticos en vena que me están poniendo empezaron a hacer efecto. Desde el lunes por la noche ya estoy sin fiebre y mucho mejor, pero no me dejan salir aún. No hasta que no tengan todos los resultados de las pruebas y cultivos que me han hecho, para saber cuál es el bichito capaz de semejante agresividad.
2. Desde que se me ha quitado la fiebre, ya vuelvo a ser yo la de siempre. Me he hecho con el hospital: tengo ganado a todo el personal sanitario, entro y salgo más o menos cuando quiero, me he apuntado a varios cursos y talleres, estoy planificando alguna cosa con los de la AECC y bueno, también trato de tener mis ratos a solas en la cama para descansar y seguir escribiendo, porque todo lo que pasa aquí da para varios libros.
3. Y por qué estoy feliz, por lo de los premios de USA. Ayer me comunicaron que Mamá se va a la guerra, en su versión en inglés ha ganado tres premios en los International Latino Book Awards, que son los premios literarios más importantes de la literatura hispana que se fallan en Estados Unidos. Escritores como Carlos Ruíz Zafón o María Dueñas los han ganado otros años. El 30 de mayo se sabrá si el cuento ha quedado en primero, segundo o tercer lugar en cada una de las categorías. Estas por cierto me encantan:
Mejor libro infantil ilustrado
Mejor libro educativo
Libro más inspirador
Para completar el ramillete, Cuento de Luz, con otros cuentos publicados se lleva otros siete premios más, en total diez. Es un exitazo arrollador. Hemos quedado muy por delante de editoriales infantiles de toda la vida tanto españolas como americanas. Ana Eulate, es visionaria, capaz de seleccionar textos e ilustradores que transmiten valores e historias preciosas, sabe hacer equipo entre todos los autores, ilustradores, traductores y demás miembros de esta "familia luminosa". Tuvo un sueño y lo está haciendo realidad y de qué manera. Ana, estoy feliz de formar parte de él.
Y bien, hasta aquí el parte de guerra. Ahora voy a ver si soy capaz de activar una conexión para poder enviároslo.
Esta vez sí, os pido que me perdonéis si no contesto llamadas o mensajes y que si queréis saber más, habléis con mis hermanos o con Cristina, porque yo ya no doy más y necesito descansar.
Un beso muy fuerte,
Irene
lunes, 1 de abril de 2013
Cocinando con la YAYAPURI
Hoy he ayudado a mamá a cocinar. Es raro verla últimamente en la cocina. Estamos esperando a que nazca el hermanito y dice que todo le huele mal.
Pero hoy ha sido genial. ¡Vamos a freír alitas de pollo rebozadas en harina!
- ¿Te puedo ayudar, mamá?
- Claro Nico, tú pondrás la harina.
Me encanta jugar con la harina: mancharme las manos y también la nariz. Cuando hemos acabado, sobraba mucha harina en el plato.
- Mami, ¿puedo jugar con ella como hago en casa de la YAYAPURI?
- Y ¿qué haces en casa de la YAYAPURI?
- Uy, ¡muchas cosas! Siempre jugamos en la cocina. Hacemos tarta de manzana, torrijas, sopa de pollo…yo le ayudo mucho, pero ¡lo más divertido es cuando me deja jugar con la harina!
- ¿Y qué quieres hacer ahora?
- Mira…se le pone un poquito de agua…¡y se hace una masa!
- ¿Y ya está?
- Mamá, ¡no te enteras! Amasar es de lo más diver. Primero te pringas todas las manos, porque es muy pegajosa. Pero amasas, amasas y amasas, hasta que se queda así, mira, como plastilina.
- Ahhhh, ¿y a eso juegas con la YAYAPURI?
- ¡Y nos lo pasamos muy bien! Un día hice una pizza. Otro día hice unas tiras largas, largas y me las puse como si fueran un bigote.
- Y hoy, ¿hoy qué vas a hacer?
- Hoy…me voy a hacer una máscara del Fantasma de la Ópera
- ¡¿Tú te sabes la historia del Fantasma de la Ópera!?
- ¡Pues claaaaaro, mami! Cuando cocinamos la YAYAPURI siempre me cuenta sus historias. ¿Sabes? Ha viajado por todo el mundo y tiene una máquina del tiempo. Al fantasma de la ópera lo conoció cuando vivía en París, fueron novios. Y también era amiga de Tarzán y de la mona Chita y fue criada de Cleopatra.
- Uy, ¡qué susto me has dado con la máscara! Ven que te voy a hacer una foto con el móvil y se la mandamos a tu YAYAPURI, ¡a ver si adivina si eres tú o su novio el de París!
domingo, 31 de marzo de 2013
Historia de un cuaderno
Hola, no tengo nombre. Soy un cuaderno. Mis hojas son de cuadritos, tengo dos tapas duras de color verde y una espiral blanca.
Hace tres meses estaba muy contento junto con otros cuadernos. Era el primer día del curso y la Señorita Lola, nos iba a repartir entre los niños. ¡Qué impaciente estaba por conocer a mi nuevo dueño! Veréis cómo pasó:
“Tengo a cuatro cuadernos más encima de mí y voy escuchando nervioso a la señorita:
- Luis Almeida (ése no será el mío, pienso)
- Rocío Arango (una niña…me han dicho que las niñas nos tratan mejor)
- Silvia Beltrán (otra niña…ay madre, quién me tocará)
- Carlos Bordón (ya me toca, ya me toca, estoy el primero ya)
- Jorge Cánovas (¡Jorge Cánovas! Un niño pelirrojo y con pecas, que tiene una cara de travieso…)”
Jorge resultó ser efectivamente un niño muy travieso. Lo primero que hizo fue poner su nombre en mi portada y después la asignatura: “CONOCIMIENTO DEL MEDIO”.
Hasta ahí todo bien pero…¿sabéis lo que hizo después? Esto:
C
Y me tiró descuidadamente a la cajonera.
- ¡Eh oye! - le dije al libro de Matemáticas- ¿Te importaría moverte un poquito? ¡Me estás arrugando las hojas!
Pasó la primera semana y Jorge sólo había garabateado algunas palabras en mis primeras páginas. Siempre usaba un bolígrafo azul. Apretaba mucho al escribir y ¡me hacía un daño…! Tenía una letra bastante desordenada: las “b” se inclinaban a la derecha, las “j” a la izquierda…y cuando se equivocaba ¡hale! ¡un tachón!
En una semana me había convertido en el cuaderno más feo de toda la clase.
En las clases de Geografía, Jorge empezaba a soñar con viajes y aventuras a selvas tropicales o al Polo Norte. Distraídamente pasaba su bolígrafo por mis espirales.
- ¡Qué cosquillas! ¡Jorge, para por favor, que se me saltan los cuadritos de tanto reír!
Un día Doña Lola dijo:
- Chicos, dejadme todos los cuadernos de “Cono” encima de mi mesa que esta tarde los voy a corregir.
Yo iba temblando en las manos de Jorge. ¿Qué me harían?
Doña Lola cogió un boli de color rojo y cuando me abrió, pude ver su cara de enfado. Empezó a escribir aquí y allá con una letra aún peor que la de Jorge:
¡Esto está mal!
¡Faltan actividades!
¡Completar!
¿Dónde está la portada del tema dos?
¡Me dejó tan feo que parecía un monstruo!
Aquella tarde de vuelta a casa Jorge iba como siempre, corriendo y saltando. Los libros y cuadernos que íbamos en la mochila nos poníamos a dar botes. Era divertidísimo, como estar en una montaña rusa. Luego en casa ya sabíamos lo que pasaba: ¡golpetazo! Jorge tiraba la mochila al suelo y nos dejaba allí toda la tarde.
Pero aquel día, sus padres hablaron muy serios con Jorge:
- Hijo, tú eres un chico muy listo y puedes hacer los deberes muy bien. Además, la Geografía te encanta. ¿Por qué no piensas un poco en tu cuaderno? Debe de sentirse fatal de ver que es el más feo de la clase. Y es TU cuaderno. Él muestra a los demás cómo eres.
Yo no podía creer lo que estaba oyendo. ¡¡Hablaban de mí!!
Desde entonces, Jorge utiliza rotuladores de colores.
¡Son tan suaves como las caricias de las mamás!
jueves, 28 de marzo de 2013
Emulando a Auster
Acabo de terminar de leer el Diario de invierno de Paul Auster.
Es el primer libro que consigo acabar en meses. En mi mesilla de noche se amontonan exactamente treinta publicaciones. Poesía, novela, psicología, ensayo. Algunas de ellas las leí hace tiempo y me gusta tenerlas cerca, por lo que me resisto a subirlas a la biblioteca de la buhardilla. Son libros a los que vuelvo de vez en cuando para releer algunos pasajes al azar. Pero la mayoría de los que se acumulan son ejemplares que he comprado bien por impulso bien porque me los ha recomendado alguien y que una vez empezados no consiguen engancharme, porque simplemente no sintonizan con mi estado de ánimo o porque, seamos sinceros, no me gusta cómo están escritos.
Tuve una época hace un año en que leía bastante a Jorge Bucay. Desde el camino de la autodependencia hasta el camino de la espiritualidad, su estilo divertido y a la vez claro, me ayudó a entender mejor mi propio camino en esta vida. Bucay me descubrió a su vez a Osho, y esa es la razón por la que reposan unos junto a otros diversos libros de filosofía oriental como El libro tibetano de la vida y la muerte y El vagabundo de Gibran Khalil Gibran. Por contraponer un poco de ciencia de divulgación a tanta filosofía, apoyados junto a la pared, descansan el inmenso volumen de El viaje a las emociones de Eduardo Punset y El cerebro masculino, escrito por una neuróloga americana. También hay dos o tres libros en francés, para no perder la práctica con el idioma, y varios de poesía española contemporánea: Luis Alberto de Cuenca, García Montero, Gil de Biedma, Antonio de Villena.
Hace un año o algo más se marcó el comienzo de una nueva época en mi vida. El encuentro inesperado con mi espiritualidad. Dicen que todo está dentro de uno mismo y yo siempre he tenido un mundo interior muy rico, sin embargo, tuvo que ser una experiencia que en mi percepción fue externa, la que hiciera que ese mundo interior sufriera un vuelco para avanzar un paso más. No era algo que yo anduviera buscando y sin embargo, en aquella madrugada de febrero, en la que mi tristeza no podía ser mayor, se abrió la puerta de mi espíritu, sentí que me iluminaba, que me desaparecían todos los apegos y que me invadía la paz y la alegría.
Pero no es de esto sobre lo que quería escribir hoy, sino de libros, de historias que te marcan, de palabras encadenadas con tal maestría que te hacen olvidar quién eres.
Recuerdo el día que compré aquel ejemplar de El vagabundo. Tendría catorce años y estábamos en medio de uno de aquellos veranos eternos de cuando éramos estudiantes. Tres meses de inactividad intelectual que acababan haciéndoseme muy largos. Devoraba los libros que había en mi habitación, los del bibliobús y empezaba a hacer incursiones en la biblioteca de mi hermano. Pero aquella tarde de verano, no recuerdo si sola o acompañada, andaba dando vueltas por el Jumbo. Este era uno de los primeros hipermercados que se habían abierto en Madrid. Aquello era un nuevo concepto de tienda: una gran superficie, con aparcamiento subterráneo, línea de treinta cajas y carros enormes con asiento de bebés para que los fueras llenando con todos los productos que encontrabas en las interminables hileras de pasillos, incluidas aquellas cajas con doce litros de leche en Tetra-brick. Pero la novedad era que en la misma tienda se integraban alimentación envasada, productos frescos, droguería, artículos de decoración, ropa y calzado, juguetes…y libros. Así que seguramente mientras mi madre se perdía por aquellos largos pasillos en los que había tal cantidad de marcas de galletas que su elección se hacía un reto, yo me quedaba zascandileando por la sección de libros. No solían ser ediciones cuidadas, sino de bolsillo. Ni siquiera los tenían expuestos en estanterías. Recuerdo aquellas mesas-cajón en las que se mezclaban, todos a cinco o diez duros, El lazarillo de Tormes, con los Cuentos de los hermanos Grimm, con un libro de recetas de cocina. Allí fue donde nos encontramos. Me llamó la atención el título: El vagabundo, seguramente porque me identificaba con él, ya que siempre me he sentido un poco vagabunda en esta vida. Después me hizo gracia el nombre del autor, porque era capicúa. Tal era mi indolencia que me dejaba llevar por la sonoridad de los nombres y cosas así. La portada en tapas blandas tenía una ilustración, nunca supe qué representaba, en colores amarillo, rojo y azul. Espantosa. Lo abrí y entre aquellas páginas de papel de baja calidad, medio anaranjado, en unas letras de imprenta de esas que son medio borrosas, leí uno de los primeros cuentos, y decidí comprarlo.
Siempre he sido así de impulsiva a la hora de comprar libros. Igual voy con una idea, pero ojeando por la librería, un título, un nombre o una reseña llaman mi atención y no dudo en llevármelo. Muchas veces me he equivocado, pero otras, como con El vagabundo, he descubierto pequeñas joyas. Por un impulso también descubrí a Juan Bonilla o más recientemente a Eudora Welty.
La mayoría de mis libros se quedaron en la casa donde vivía antes de divorciarme y cuando la vendimos, encontraron acomodo en la biblioteca del nuevo salón de mi ex. Algunos de esos libros (pocos) no me gustaron, o los dejé a medias, y otros que adoré, sin embargo no volvería a leerlos. Pero a pesar de ello, no puedo evitar una punzada de rabia cada vez que voy allí y los veo convertidos en objeto de decoración. Porque para mí son páginas y páginas de palabra tras palabra, historias que alguien inventó y que llenaron horas y horas de mi vida, sumergida en otras vidas. Así que son una parte de mí que se ha quedado ahí, en una casa desconocida de alguien que cada vez me resulta más ajeno.
Es cierto que nunca me ha negado que me lleve lo que quiera, y también es cierto que alguna vez, a hurtadillas, mientras esperaba a que los niños bajasen a verme, me he guardado en el bolso algún libro que de repente he descubierto y que me decía ¡llévame contigo!
La conclusión es que en esta casa tengo pocos libros, pero casi todos me gustan, porque me voy trayendo poco a poco “los imprescindibes”. Así, y quitando a muchos clásicos, que se los dejo a los niños en casa de su padre, están conmigo Platón y sus Diálogos, Neruda, Machado y García Montero, Amélie Nothomb y Lucía Etxebarría, Rilke, Kafka, Pérez-Reverte, Cela y Vasco Pratolini, Saramago, Pamuk, Antonio Tabucchi y por supuesto mi adorado Auster.
A todos ellos los admiro. Al que no es por sus historias inolvidables, será por la sonoridad de sus palabras o por el ritmo de sus versos o por la credibilidad de sus personajes. Sinceramente, me gustaría escribir la mitad de la mitad de bien que cualquiera de ellos.
“En cierto momento, algo empezó a abrirse en tu interior, te encontraste cayendo por la fisura entre el mundo y la palabra, el abismo que separa la existencia humana de nuestra capacidad para entender o expresar la verdad de la vida”. “El acto de escribir empieza en el cuerpo, es música corporal, y aunque las palabras tienen significado, pueden a veces tener significado, es en la música de las palabras donde arrancan los significados” (Auster. Diario de invierno 2012)
A él las palabras dice que le vienen andando. A mí conduciendo. Cuando voy sola en el coche, sin música, silencio total para oír las palabras que van apareciendo en mi cabeza. A menudo diálogos imaginados con personas que conozco, pero que en realidad no son ellas, sino quienes yo quiero que sean, diciendo las palabras que yo quiero oír. Imagino situaciones imposibles: a veces un intercambio romántico con alguien que en absoluto lo es, o una discusión con mi madre en la que le digo cosas que jamás me atrevería a decirle, o modifico y mejoro conversaciones reales, completándolas con frases más sonoras, más acabadas, más literarias.
El viaje diario entre Boadilla y el centro de Madrid es uno de esos momentos. A las nueve de la mañana, cuando voy a trabajar, suele haber mucho tráfico y el trayecto puede durar una hora. A veces pongo la radio, por saber si ha pasado algo grave en el mundo, pero a esa hora los noticieros son muy rápidos y empiezan las tertulias políticas que, no sólo me aburren soberanamente, sino que puedes estar sin oírlas un mes y cuando vuelves a escucharlas, parece que hubieras retomado la última, porque siempre hablan los mismos y de lo mismo: la crisis, el paro, la situación económica, la corrupción política. Entonces desconecto todo sonido para empezar a escucharme a mí misma. Y supongo que entro en ese abismo que menciona Auster en el que en un lado está mi existencia humana, la real, la Irene que conduce un coche, que va a trabajar, que tiene dos hijos y un cáncer, y en otro mi capacidad para entender o expresar la verdad de la vida, lo que escribo, lo que imagino, lo que interpreto y luego se transforma en palabras mejor o peor encadenadas, con más o menos música y por tanto, con mayor o menor significado.
El trayecto de vuelta suelo hacerlo a primera hora de la tarde. Tantas veces he hecho ese recorrido en los últimos trece años que el coche se sabe solo el camino y ahora que lo pienso, no me extraña que nunca sepa indicar a los amigos que vienen a casa el número de la salida de la M40 que tienen que coger. Creo que nunca me he fijado en ese detalle porque siempre voy pensando en mis historias.
Leer, imaginar, escribir; escribir, leer, imaginar; imaginar, leer, escribir. Toda combinación es posible, como posible es aún mi sueño adolescente de ser escritora.
Irene
7 de mayo de 2012
¿Sobre qué quiero escribir?
10 de marzo de 2012
¿Sobre qué quiero escribir?
Sobre todo y sobre nada, sobre un ciervo que te mira en la carretera, sobre tus manos rozando mi espalda, sobre los hijos que crecen y sobre aquellos que nunca nacerán, sobre los muertos que me buscan en los sueños, sobre el sonido de las olas del mar.
Sobre las razones que nunca me dieron, sobre el tiempo perdido y las experiencias ganadas, sobre los amantes que pasaron por mi cuerpo, sobre los hombres que realmente me amaron.
Sobre una peluca, sobre el ciclo de la vida, sobre viajes espaciales y también astrales, sobre la pasión y el disfrute, sobre la curiosidad que no envejece, sobre el espíritu explorador y sobre la juventud que me ofreces.
Sólo una noche
Solo una noche.
Solo una noche para que me abraces y me beses en la punta de la nariz
Para perderme en esos ojos seductores que hablan en silencio
Para que te pierdas en mí
Una sola noche
Una sola piel
Un solo río de deseo
Solo una noche para velar tu sueño y saber que ya no gritas
Para respirar tu aire tranquilo después de la batalla
Para que duermas en mí
Una sola noche para saber que vendrán más
¿Quién será ese hombre? (Novela en construcción)
Clara estaba sentada en la butaca de la sala grande. Su mirada se perdía tras el ventanal más allá de las calles mojadas de Granollers.
Las tardes de lluvia los clientes se hacían más perezosos. Su mente divagaba entre aquella fatídica noche en que la bajaron del furgón y el dilema de la cena para su hijo Nicolás: tortilla o espaguetis. La conversación con las otras chicas a veces le resultaba insoportable.
Se oyeron voces en el corredor. Una grave, varonil, intercambiaba cortas frases con la más aguda de Flora, la jefa.
- Sí, no soy de aquí, estoy de paso.
- Está bien que después de un duro día de trabajo se haya animado a venir. Enseguida le presentaré a Clara. Estoy segura de que le va a encantar.
- No soy un hombre de gustos raros, mientras la chica sea educada y limpia…
- Por favor, ¡no me ofenda! Todas nuestras chicas han estudiado en la Universidad y pasan revisiones médicas con asiduidad. Puede estar usted tranquilo de que todo irá bien.
- Perdone, no quería molestarla…bueno, pues…¿dónde está Clara?
A medida que la puerta de la sala se iba abriendo, Clara se incorporó para recibir a su cliente.
Tenía un cuerpo de escándalo apenas tapado por un culotte de encaje negro y una blusa de gasa semitransparente. Subida a los tacones de aguja de quince centímetros, sus piernas se hacían kilométricas y para mantener mejor el equilibrio, las separaba ligeramente y curvaba la espalda, de manera que su culo, firme y redondo, parecía aún más respingón e invitador. A través de la blusa se entreveían dos pechos no excesivamente grandes, pero con unos pezones oscuros que apuntaban hacia el frente. Los rasgos de su cara, típicamente eslavos, quedaban enmarcados por una sexy melena pelirroja estilo bob.
El hombre que tenía enfrente era atractivo. Alto, corpulento, con facciones duras y cara de cansancio. Llevaba traje y corbata de Massimo Dutti y tenía aspecto de jefe de ventas de alguna empresa de electrodomésticos, o de relojes. Le calculó unos cuarenta años, mujer y dos niñas preciosas en Madrid.
Disfrutaba del primer momento con un cliente nuevo. Comprobar una vez más cómo los ojos se desplazaban de arriba abajo y la mirada, sin saber bien en qué parte de su cuerpo posarse, se iba avivando hasta que afloraba el brillo del deseo. Ese deseo inmediato y urgente que se hacía notar también bajo el pantalón.
Se acercó lentamente hacia él, sonriendo y mirándole provocativamente a los ojos.
- Clara, el señor ha tenido un día complicado y desea un masaje relajante de una hora.
Con ese dato, Clara le hizo un gesto para que la siguiera a lo largo del pasillo que se descubría al fondo de la sala. Una hora de masaje relajante significaba que al caballero acababan de cargarle en la tarjeta de crédito trescientos euros que le darían derecho a satisfacer sus instintos más salvajes dejando fuera cualquier práctica sado que pudiera dejar marcas en su cuerpo.
Clara avanzó contoneándose hasta la tercera puerta de la izquierda. El hombre caminaba detrás sin poder apartar los ojos de su culo. En cuanto abrió la puerta él se abalanzó sobre ella, apoyándola contra la pared. Sus manos fueron directamente a los pechos de Clara, apretándolos, sopesándolos y atrapando los pezones entre sus dedos. La besaba en la boca con avidez, su lengua la invadía sin apenas dejarla respirar, mientras su cuerpo se restregaba contra el suyo, con una enorme erección que la presionaba el pubis. Estaba acostumbrada a esos ataques de deseo, pero aquel hombre tenía algo que la hacía excitarse.
Empezó ella también a sentir su pasión y mientras le devolvía los besos, le fue ayudando a despojarse de la chaqueta y la corbata. El mientras tanto recorría con las manos cada centímetro de sus costados, las bajó hasta las caderas y comenzó a acariciarle las nalgas por encima de las braguitas, suavemente, en movimientos circulares y atrayéndola hacia él, para que sintiera aún más fuerte cómo su pene hacía esfuerzos por liberarse del pantalón y abrirse paso hacia ella.
Sin dejar de besarse, fueron dando pasos cortos hacia la gran cama que había a su derecha. Ella cayó de espaldas y él aprovechó ese momento para quitarse los zapatos y en un hábil gesto sacarse calcetines, pantalón y boxers de una vez.
- ¿Te gusta lo que ves?
Ante ella el hombre se mostraba en toda su plenitud. Tenía una erección poderosa, grande, firme, larga. Ella asintió con la cabeza.
- Quiero que me la chupes.
Y se acercó al borde de la cama. Ella se había sentado y su miembro le llegaba justamente a la altura de la boca. Alzó sus ojos hasta los de aquel hombre y con una mirada lasciva entreabrió la boca, para luego morderse suavemente el labio inferior y mostrarle la punta de su lengua sobre los dientes. Aquel gesto de zorra era infalible. El hombre cerró los ojos, inclinó suavemente su cabeza hacia atrás y con las manos la agarró del pelo atraiéndola hacia él.
DIÁLOGOS ENTRE EL JOVEN PERDIDO Y LA MUJER MADURA
DIÁLOGOS ENTRE EL JOVEN PERDIDO Y LA MUJER MADURA
- Tengo una duda que me inquieta desde el día que nos acostamos por primera vez.
- Dime
- ¿Por qué quisiste que me corriera dentro de ti sin usar preservativo?
- Porque me da más placer
- ¿No te da miedo un embarazo?
- Jajaja, te llevo más de diez años. A mi edad y en mis circunstancias eso es impensable. Más bien podrían preocuparme las enfermedades de transmisión sexual, pero yo sé que estoy limpia y tú me dijiste que llevabas más de dos años sin tener relaciones sexuales con nadie. Te creí y confié en ti. ¿A ti no te da también más placer?
- Sí
- Entonces, ¿cuál es el problema?
- No, no…ninguno. Sólo es que me resulta sorprendente.
20 de junio de 2012
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